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El nuevo alfabetismo

Publicado: Lun Mar 09, 2026 9:34 am
por Fermat
Carlos Galdós, Peru21, 09/03/2026

No saber leer ni escribir te definía como analfabeto. Una limitación dura y concreta. Un analfabeto no podía escribir una carta, leer un contrato, mucho menos tener acceso a libros y, por ende, a las ideas. Es decir, ser analfabeto te sacaba del juego.

Hoy el problema es otro. Vivimos rodeados de gente que sabe leer, pero no sabe pensar, y esos son los nuevos analfabetos. Personas que han pasado por los quince años de colegio, cinco en la universidad, tienen su título enmarcado en la pared de su casa, hasta aparecen en LinkedIn y, con todo ello, son seres profundamente analfabetos en lo esencial: la capacidad de razonar, pensar por sí mismos.

El sistema educativo trasnochado que continúa vigente ha hecho lo suyo en este tema. Leer no es pensar, memorizar no es pensar, repetir como un lorito no es pensar, ver una opinión en TikTok y replicarla no es pensar.

Pensar es incomodarse. Pensar es necesariamente un acto que requiere cuestionar, parar, dudar, interpelar, conectar y, sobre todo, asumir que estoy formando un criterio propio que necesitaré defender con uñas y dientes. Y es justamente eso lo que no se enseña. Las calificaciones en el colegio están en función de lo que dijo o enseñó el profesor, mas no de hacer preguntas incómodas.

El alumno que cuestiona en el acto es rotulado de problemático, se le corrige y hasta se le baja la nota. El resultado de eso es una generación intelectualmente sumisa, obediente. Lo paradójico es que estamos en un momento en el que el acceso a la información ya no es un privilegio: es de libre disponibilidad absoluta.

Hoy los chicos repiten juicios, conceptos, ideas que escucharon en redes. Y a la pregunta “¿por qué piensas eso?”, el silencio es abrumador. Cero argumento. Da la impresión de que se apagó el cerebro y se encendió una grabadora. Lo vemos a diario en todos los universos: la política, las redes sociales, los entornos sociales. Todos hablando de diferentes temas desde un lugar de profundo desconocimiento, sin previamente haberlos cuestionado o estudiado a profundidad. La opinión replicada es usada como una herramienta para encajar, para seguir dentro del grupo correcto sin incomodar a nadie.

Si opinas como todos, eres aceptado; el que duda es sospechoso, quien cuestiona es incómodo y, si piensas distinto, te cancelan. En una época donde estamos teniendo más libertad que nunca para hablar, al mismo tiempo hay quienes se mueren de miedo de decir lo que piensan. En esta era cualquiera puede publicar una idea y ser leída por miles; puedes grabar un video y generar opinión, debate. Sin embargo, paradójicamente, cada vez más gente se caga en los pantalones antes de poner su voz al frente. No porque haya una prohibición estatal, no porque exista censura, sino por algo mucho peor que las anteriores: la censura social, el miedo a ser cancelado.

La cultura de la cancelación es el nuevo cáncer de la libertad de opinión. La cancelación no intenta siquiera discutir una idea; su objetivo letal es desaparecer del mapa a la persona que le parezca incómoda con una idea que no esté alineada con la embrutecida masa. La cancelación no conoce del diálogo, mucho menos intenta comprender: directamente castiga, expulsa del reino al “diferente”.

Cancelar significa sacarlo del espacio público; es un linchamiento que sobre todo se da en redes sociales. Si digo algo —ya sea un chiste, una opinión política, una frase mal dicha o mal interpretada, una broma que hoy parezca incorrecta—, en el acto se activa el huaico. Se activa una maquinaria de personas indignadas: hashtags, capturas de pantalla, juicios morales y exigencias de disculpas públicas.

Y como si lo anterior no fuera suficiente, aparece la presión para que te despidan del trabajo, pierdas tus contratos, te bajen de algún evento, que te saquen de la película; es decir, que te silencien. Cuando podríamos simplemente decir: “No estoy de acuerdo”, la cancelación es más extrema: “Esta persona no merece tener voz”.

Es como si hubiéramos regresado a la época de los tribunales de la Santa Inquisición, donde los herejes eran tildados de peligrosos por decir cosas incorrectas. Vaya directo a la hoguera. Hoy la hoguera son las redes sociales y se repite el patrón: se registra un pecado, las masas se indignan, se exige un castigo.

Los ‘canceladores’ son un tribunal de seres moralmente perfectos (según ellos). Personas que nunca han dicho algo que no corresponda, nunca han ejecutado un chiste inadecuado, mucho menos se les ha ocurrido cambiar de opinión. Y esto es una contradicción con nuestra realidad humana. Porque todos nos equivocamos y seguirá siendo así. Todos hemos tenido y probablemente seguiremos teniendo ideas que cambien con el tiempo. Todos hemos dicho y hecho cosas en algún momento que hoy ni se nos ocurriría.

Nos hemos olvidado de que los seres humanos somos seres en proceso. Jamás seremos un producto terminado. Estamos siempre aprendiendo, evolucionando, equivocándonos, contradiciéndonos.

El analfabetismo de hoy, que es la falta de ideas y juicio crítico, viene respaldado por la cultura de la cancelación, que lo único que hace es castigar por equivocarse. Entonces, dejo de pensar diferente, dejo de preguntar, ni se me ocurre dudar, para dar paso a la repetición sistemática de lo que es seguro decir. El pensamiento se está volviendo conservador disfrazado de progre. Para pensar hay que arriesgarse; para pensar hay que probar lo diferente; para pensar hay que estar abierto al error. Pero si errar te puede llevar a un linchamiento público, ¿para qué me voy a arriesgar?

El terreno donde la cancelación viene teniendo más presencia es en el humor. En mi cancha. El humor necesita ser irreverente. El humor necesita ser también incómodo. El humor debe tocar temas que pican. El humor juega exagerando estereotipos para generar risas. Pero hoy todo lo anterior se confunde con agresión. Entonces, tienes a un montón de comediantes muriéndose de miedo antes de subir a un escenario y pensando y repensando si se puede hacer humor sobre ese tema controversial.

El humor se puede hacer sobre cualquier tema, porque no es un tratado moral. El humor es el espejo de la condición humana y es ahí justamente donde aparecen las risas: cuando algo que nos está incomodando a todos se hace visible con cierta dosis de ingenio. El humor genera liviandad. El humor es una válvula de escape.

A lo mejor la cultura de la cancelación, que además goza de gran popularidad y disfrute en la mayoría de cibernautas, está hablando sobre una necesidad de sentirse moralmente superior y del miedo a convivir con ideas distintas.

https://peru21.pe/opinion/el-nuevo-alfa ... os-galdos/

Re: El nuevo alfabetismo

Publicado: Lun Mar 09, 2026 12:29 pm
por javier380_ND
Lo mas bravo no es el presente, es el futuro! Ver personas que simplemente el hecho de pensar para redactar una carta les da flojera y fastidio, ponen un par de ideas por escrito y prefieren que IA les complete el trabajo.

El futuro es sombrio.........

Re: El nuevo alfabetismo

Publicado: Lun Mar 09, 2026 3:44 pm
por HsocorroC
Es como consecuencia de la manipulación mediatica

Re: El nuevo alfabetismo

Publicado: Lun Mar 09, 2026 8:10 pm
por HAGEN
HsocorroC escribió: Lun Mar 09, 2026 3:44 pm Es como consecuencia de la manipulación mediatica
Mira pues que venga La Vieja Que Aburre a hablar de manipulación mediática...

Re: El nuevo alfabetismo

Publicado: Mar Mar 10, 2026 12:43 am
por Goku412
Faltó agregar en el artículo,

Qué quien piensa diferente o simplemente busca enfrentar al sistema desde el lado de las ideas, termina llevando plomo.

Los mejores ejemplos de 2025: Charlie Kirk (EE.UU) y Miguel Uribe Turbay (Colombia).

:x

Re: El nuevo alfabetismo

Publicado: Mar Mar 10, 2026 6:31 am
por Gepete
Fermat escribió: Lun Mar 09, 2026 9:34 am
...

https://peru21.pe/opinion/el-nuevo-alfa ... os-galdos/
El artículo de Carlos Galdós parte de una intuición que muchos reconocen inmediatamente: saber leer no equivale a saber pensar. Esa idea no es nueva, pero sigue teniendo fuerza. Durante siglos el analfabetismo era una barrera material; hoy, en cambio, la barrera es más sutil: gente muy instruida que maneja información, títulos y redes, pero que a la hora de argumentar repite consignas. En ese sentido, el diagnóstico tiene algo de verdad. Basta asomarse a cualquier discusión política en internet para ver opiniones lanzadas como eslóganes, con poco análisis detrás.

También es acertada su crítica al modelo educativo demasiado centrado en memorizar y reproducir. Eso ocurre en muchos países: el alumno aprende a aprobar exámenes, no necesariamente a cuestionar ideas. El problema es antiguo. Ya en el siglo XIX algunos pedagogos se quejaban de que la escuela producía “repetidores profesionales”. En ese punto, Galdós señala algo real: el pensamiento crítico no se enseña tanto como debería.

Sin embargo, el artículo tiene un rasgo típico de muchas columnas de opinión: exagera para reforzar el argumento. Cuando afirma que vivimos rodeados de “analfabetos del pensamiento”, el retrato se vuelve algo caricaturesco. Siempre ha habido gente que repite ideas sin examinarlas demasiado. La diferencia es que hoy lo vemos más porque las redes amplifican todo. Antes esa conversación ocurría en un bar, en un taxi o en la sobremesa; ahora queda escrita y circula por miles de pantallas.

Su crítica a la “cultura de la cancelación” también toca un fenómeno real, aunque no siempre con la proporción que describe. Es cierto que en redes sociales se producen linchamientos digitales, campañas de presión o intentos de silenciar a alguien. Pero también es verdad que muchas veces lo que se llama cancelación es simplemente crítica pública o rechazo social. Las sociedades siempre han tenido mecanismos para reprobar comportamientos o discursos; lo nuevo es la velocidad y la visibilidad.

La parte más interesante aparece cuando habla del miedo a opinar distinto. Ahí sí hay algo que merece reflexión. En muchos entornos —políticos, académicos o culturales— la presión del grupo puede empujar a repetir la opinión dominante para evitar problemas. Ese fenómeno no es exclusivo de una ideología ni de un país; ocurre en todas partes. El ser humano es muy gregario: preferimos no complicarnos la vida y seguir la corriente.

El argumento sobre el humor también tiene fondo. La comedia históricamente ha jugado con lo incómodo, con exageraciones y con estereotipos. Cuando una sociedad pierde totalmente la capacidad de reírse de sí misma, algo se rigidiza. Pero tampoco conviene olvidar que el humor siempre ha tenido límites sociales; lo que cambia con el tiempo es dónde se colocan esos límites.

Al final, el texto funciona más como provocación que como análisis completo. Señala problemas reales —pensamiento superficial, presión social, debates cada vez más viscerales—, pero los explica casi exclusivamente a través de la cancelación y las redes. La realidad probablemente es más compleja: intervienen la educación, la polarización política, el diseño de las plataformas digitales y hasta la simple naturaleza humana.

Galdós plantea una inquietud legítima: una sociedad con mucha información pero poco pensamiento crítico puede volverse frágil intelectualmente. Pero como suele ocurrir en las columnas de opinión, el diagnóstico es más tajante que la realidad. Dicho en criollo: la enfermedad existe, pero el médico quizá dramatizó un poco los síntomas para que el paciente le prestara atención.