El rey de los aranceles
Publicado: Vie Jul 31, 2026 7:34 pm
Más que un rey, Trump es un verdadero fanatico.
Su visión responde al mercantilismo propio de un jefe de Estado de los siglos 18 y 19. Winston Churchill definía al fanático como «una persona que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema». La frase parece un retrato hablado del presidente Trump, al menos en materia arancelaria. Y no es una exageración.
Después de que la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos declarara ilegales los aranceles anunciados con gran fanfarria en abril de 2025 —posteriormente sustituidos por una tarifa global del 10% que expiró la semana pasada—, Trump volvió a la carga. Amparándose en una nueva disposición legal, anunció que la mayoría de las importaciones procedentes de más de 80 países quedarían gravadas con aranceles de entre 10% y 12,5%.. No olvidar a Canadá que dijo que le iba a imponer unos aranceles del 50% porque no controló el humo de los incendios forestales.
La justificación de esta nueva arremetida ya no se limita a los argumentos tradicionales como la creación de empleos manufactureros en territorio estadounidense, el aumento de la recaudación aduanera o la reducción del desequilibrio externo. Trump invoca ahora una razón novedosa y muy peculiar: que esos países utilizan mano de obra infantil en la elaboración de sus mercancías. El objetivo sería muy noble si no fuera porque la acusación, formulada de manera general, resulta insostenible. Con excepción de China y de algunos países asiáticos, muchas de las economías afectadas cuentan con regulaciones y estándares laborales iguales o incluso más exigentes que los aplicados en Estados Unidos.
Esta medida seguramente será impugnada en los tribunales. No basta con acusar a otros países de recurrir al trabajo infantil; también corresponde demostrar que esa práctica existe y que está causando un perjuicio concreto a la industria estadounidense. Es probable que argumentos similares sean presentados ante la Organización Mundial del Comercio. En ambas instancias parece difícil que los nuevos aranceles estadounidenses logren mantenerse en pie.
Cuesta entender por qué Trump insiste en esta estrategia cuyos resultados han sido decepcionantes. De acuerdo con los datos del Bureau of Labor Statistics, el empleo manufacturero de Estados Unidos se contrajo 0,8% en 2025, lo que representó la pérdida de 98.000 puestos de trabajo respecto de 2024. En otras palabras, el aumento de los aranceles no estuvo acompañado por una expansión agregada del empleo industrial. Ocurrió exactamente lo contrario, aun cuando el PIB del sector creció 1,5%.
Los aranceles tampoco fueron inocuos para los consumidores. La Reserva Federal estimó que las tarifas aplicadas hasta noviembre de 2025 habían elevado, para febrero de 2026, los precios del gasto de consumo personal en bienes básicos en 3,1%, por encima de la meta inflacionaria de 2% fijada por la Fed. Esta evidencia contradice la idea de que los costos del proteccionismo recaen exclusivamente sobre los productores extranjeros. Una parte significativa termina trasladándose a los precios internos y, por tanto, al bolsillo de los hogares estadounidenses.
Tampoco mejoró la posición externa de Estados Unidos. De acuerdo con Census.gov, la balanza comercial de mercancías cerró 2025 prácticamente sin cambios, aunque con un ligero deterioro: el déficit pasó de US$ 1,2154 billones en 2024 a US$ 1,2409 billones en 2025. Es decir, después de elevar las barreras a las importaciones, el desequilibrio comercial de bienes no disminuyó, sino que aumentó en US$ 25.500 millones, equivalentes a 2,1%.
Quizás el único resultado aparentemente favorable de los aranceles de 2025 fue el fiscal, debido al incremento de los ingresos generados en las aduanas estadounidenses. La recaudación aduanera ascendió a US$ 195.000 millones en 2025, frente a US$ 77.000 millones en 2024. Sin embargo, conviene interpretar estas cifras con sobriedad y realismo por dos razones.
La primera es que la recaudación neta habría sido mucho menor debido a las devoluciones de impuestos a importadores y fabricantes estadounidenses ordenadas por la Corte Suprema de Justicia, cuyo monto fue estimado por el Cato Institute en US$ 130.000 millones. La segunda es todavía más importante: los aranceles son impuestos indirectos que, en buena medida, terminan siendo pagados por los consumidores. Para muestra basta un botón: según Kelley Blue Book, el precio de los vehículos nuevos aumentó entre US$ 1.600 y US$ 1.900. Incrementos semejantes se observaron en la ropa y los productos electrónicos.
En conclusión, la experiencia de 2025 ofrece pocos argumentos para profundizar la política arancelaria norteamericana. Los gravámenes no impulsaron el empleo manufacturero, no redujeron el déficit comercial de mercancías y sí contribuyeron a encarecer bienes esenciales para los consumidores. Incluso su aparente beneficio fiscal se reduce considerablemente cuando se descuentan las devoluciones y se reconoce quién termina pagando realmente el impuesto. Persistir en esta estrategia no parece una respuesta racional a la evidencia, sino la confirmación de aquel fanatismo descrito por Churchill: la incapacidad de cambiar de opinión y la negativa a cambiar de tema.
Su visión responde al mercantilismo propio de un jefe de Estado de los siglos 18 y 19. Winston Churchill definía al fanático como «una persona que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema». La frase parece un retrato hablado del presidente Trump, al menos en materia arancelaria. Y no es una exageración.
Después de que la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos declarara ilegales los aranceles anunciados con gran fanfarria en abril de 2025 —posteriormente sustituidos por una tarifa global del 10% que expiró la semana pasada—, Trump volvió a la carga. Amparándose en una nueva disposición legal, anunció que la mayoría de las importaciones procedentes de más de 80 países quedarían gravadas con aranceles de entre 10% y 12,5%.. No olvidar a Canadá que dijo que le iba a imponer unos aranceles del 50% porque no controló el humo de los incendios forestales.
La justificación de esta nueva arremetida ya no se limita a los argumentos tradicionales como la creación de empleos manufactureros en territorio estadounidense, el aumento de la recaudación aduanera o la reducción del desequilibrio externo. Trump invoca ahora una razón novedosa y muy peculiar: que esos países utilizan mano de obra infantil en la elaboración de sus mercancías. El objetivo sería muy noble si no fuera porque la acusación, formulada de manera general, resulta insostenible. Con excepción de China y de algunos países asiáticos, muchas de las economías afectadas cuentan con regulaciones y estándares laborales iguales o incluso más exigentes que los aplicados en Estados Unidos.
Esta medida seguramente será impugnada en los tribunales. No basta con acusar a otros países de recurrir al trabajo infantil; también corresponde demostrar que esa práctica existe y que está causando un perjuicio concreto a la industria estadounidense. Es probable que argumentos similares sean presentados ante la Organización Mundial del Comercio. En ambas instancias parece difícil que los nuevos aranceles estadounidenses logren mantenerse en pie.
Cuesta entender por qué Trump insiste en esta estrategia cuyos resultados han sido decepcionantes. De acuerdo con los datos del Bureau of Labor Statistics, el empleo manufacturero de Estados Unidos se contrajo 0,8% en 2025, lo que representó la pérdida de 98.000 puestos de trabajo respecto de 2024. En otras palabras, el aumento de los aranceles no estuvo acompañado por una expansión agregada del empleo industrial. Ocurrió exactamente lo contrario, aun cuando el PIB del sector creció 1,5%.
Los aranceles tampoco fueron inocuos para los consumidores. La Reserva Federal estimó que las tarifas aplicadas hasta noviembre de 2025 habían elevado, para febrero de 2026, los precios del gasto de consumo personal en bienes básicos en 3,1%, por encima de la meta inflacionaria de 2% fijada por la Fed. Esta evidencia contradice la idea de que los costos del proteccionismo recaen exclusivamente sobre los productores extranjeros. Una parte significativa termina trasladándose a los precios internos y, por tanto, al bolsillo de los hogares estadounidenses.
Tampoco mejoró la posición externa de Estados Unidos. De acuerdo con Census.gov, la balanza comercial de mercancías cerró 2025 prácticamente sin cambios, aunque con un ligero deterioro: el déficit pasó de US$ 1,2154 billones en 2024 a US$ 1,2409 billones en 2025. Es decir, después de elevar las barreras a las importaciones, el desequilibrio comercial de bienes no disminuyó, sino que aumentó en US$ 25.500 millones, equivalentes a 2,1%.
Quizás el único resultado aparentemente favorable de los aranceles de 2025 fue el fiscal, debido al incremento de los ingresos generados en las aduanas estadounidenses. La recaudación aduanera ascendió a US$ 195.000 millones en 2025, frente a US$ 77.000 millones en 2024. Sin embargo, conviene interpretar estas cifras con sobriedad y realismo por dos razones.
La primera es que la recaudación neta habría sido mucho menor debido a las devoluciones de impuestos a importadores y fabricantes estadounidenses ordenadas por la Corte Suprema de Justicia, cuyo monto fue estimado por el Cato Institute en US$ 130.000 millones. La segunda es todavía más importante: los aranceles son impuestos indirectos que, en buena medida, terminan siendo pagados por los consumidores. Para muestra basta un botón: según Kelley Blue Book, el precio de los vehículos nuevos aumentó entre US$ 1.600 y US$ 1.900. Incrementos semejantes se observaron en la ropa y los productos electrónicos.
En conclusión, la experiencia de 2025 ofrece pocos argumentos para profundizar la política arancelaria norteamericana. Los gravámenes no impulsaron el empleo manufacturero, no redujeron el déficit comercial de mercancías y sí contribuyeron a encarecer bienes esenciales para los consumidores. Incluso su aparente beneficio fiscal se reduce considerablemente cuando se descuentan las devoluciones y se reconoce quién termina pagando realmente el impuesto. Persistir en esta estrategia no parece una respuesta racional a la evidencia, sino la confirmación de aquel fanatismo descrito por Churchill: la incapacidad de cambiar de opinión y la negativa a cambiar de tema.


