Durante años los venezolanos nos burlamos injustamente de aquella extraordinaria habilidad del Comandante para resolver problemas mediante el nomenclátor. ¿Que algo no funciona? Cámbiale el nombre. ¿Que sigue sin funcionar? Ponle uno más largo. ¿Que todavía no funciona? Agrégale “Bolivariano”, “del Poder Popular” o alguna referencia histórica y vuelve a inaugurar la vaina. República de Venezuela pasó a República Bolivariana de Venezuela, ministerios e instituciones fueron rebautizados y hasta el Ávila amaneció oficialmente convertido en Waraira Repano. El Galáctico había descubierto que transformar la realidad es difícil; rebautizarla sólo requiere tinta.
Donald observó, estudió y comprendió. Primero rescató al Golfo de México de su lamentable mexicanidad convirtiéndolo en Gulf of America. Ahora, enfrentado al pequeño inconveniente de que Ontario no acepta sus bondadosas condiciones comerciales, el Genio Estable encontró la solución definitiva: Lake Ontario ha sido liberado y pasa a llamarse Lake America.
Y sería mezquino reducir semejante hazaña a un simple cambio de nombre. Después de siglos secuestrado por el wokismo canadiense, el lago ha sido nominalmente rescatado para la civilización occidental y devuelto a su destino manifiesto. Los beneficios ya deben estar sintiéndose: los peces americanos procrean a una escala nunca vista —muchísimos peces, probablemente los mejores peces—, el agua se multiplica, aumenta su pureza y posiblemente haya adquirido propiedades medicinales. No descartemos que pronto se pueda caminar sobre ella; esperemos primero los datos.
En la ribera canadiense el wokismo comienza a retroceder, los castores vuelven a construir represas heterosexuales y millones de canadienses reciben lentamente, por ósmosis, una infusión transfronteriza de genio y sensatez. Norteamérica será más próspera, el hemisferio más seguro y el mundo podrá dormir tranquilo sabiendo que un lago que ayer contenía exactamente la misma cantidad de agua, peces y Canadá hoy tiene un nombre mucho más fuerte.
Aquí también se aprecia cuánto ha avanzado la ciencia desde los tiempos del Galáctico. Chávez se conformaba con la simple neonominación: cambiaba el nombre y esperaba que la realidad colaborara. El Genio Estable ha perfeccionado el arte hasta alcanzar la transustanciación nominal: cambia el nombre y, por el misterio de la palabra presidencial, cambia la esencia misma de la cosa nombrada. Carney todavía controla aproximadamente la mitad física del lago; Donald controla algo mucho más importante: su realidad metafísica en los mapas de Donald.
Los venezolanos conocemos el poder de esta tecnología. Chávez pudo decretar Waraira Repano todas las veces que quiso y millones de caraqueños continuaron diciendo El Ávila. Donald ha superado al maestro: ordena Lake America en cada mapa federal y los canadienses, súbitamente invadidos por una iluminación interior, miran hacia el lago, levantan las manos y repiten sin cesar: “Lake America… Lake America… Thank you, Mr. Trump!” No es obediencia. Es revelación.
Y ya que hemos alcanzado semejante dominio sobre la realidad, ¿por qué detenernos aquí? ¿Para cuándo corregimos el águila calva de nuestro escudo? Lleva siglos mirando hacia un lado como si estuviera distraída. Hay que girarle la cabeza hacia arriba, hacia lo alto, hacia la fuente de la iluminación. Que contemple Mar-a-Lago y comprenda.
Pero paciencia. La liberación nominal siempre precede a la liberación espiritual. Hoy cambias el mapa. Mañana cambian los peces. Pasado mañana despierta Canadá.

