Yo añadiría una cuarta variable a esas tres fases: la fascinante metamorfosis del venezolano trumpista, capaz de evolucionar con cada giro de los acontecimientos sin admitir jamás que cambió de argumento.
Primera fase: Trump es el Libertador, Bolívar con gorra MAGA. Banderas venezolanas y americanas juntas, agradecimientos al Salvador y la certeza de que finalmente apareció el hombre que haría por Venezuela lo que nosotros no pudimos. Que Trump llevara diez años gritando
America First era un detalle semántico: aparentemente escuchábamos
Venezuela First, sólo que con acento de Mar-a-Lago.
Segunda fase: llegan los perdones, sobreviven personajes del chavismo, aparecen alacranes, Jorgito sigue vivito y coleando y la democracia no termina de asomarse. Primera muda de piel: “hay que darle tiempo”, “hay que evitar un vacío de poder”, “Trump sabe cosas que nosotros no sabemos”, "paciencia republicana" y, por supuesto,
“confíen en el plan”. Mientras menos se parecía aquello a la liberación prometida, más profunda debía ser la estrategia del Genio Estable.
Tercera fase: aparecen los 65.000 millones de barriles y el Titán anuncia orgullosamente que su negocio petrolero más que duplica las reservas estadounidenses. Y ocurre la metamorfosis final, también la más miserable:
“Trump es presidente de Estados Unidos; su obligación es defender a Estados Unidos. ¡BILLULLO FIRST!” perdón, ¡AMERICA FIRST! ¡Coño, finalmente aprendieron inglés! Trump nunca cambió el lema; cambiaron ellos. El amor al Líder terminó pesando más que el gentilicio: comenzaron pidiéndole que salvara su patria y terminaron justificando que la pusiera detrás de la suya para no contrariar al ídolo. Uno puede criticar los defectos de su madre, pero aplaudir al extraño mientras se lleva las joyas de la vieja porque uno admira mucho al tipo ya no es ideología: eso realmente es otro nivel.
Al final, el verdadero cambio de régimen no ocurrió en Caracas, sino dentro del trumpista venezolano. 