
Finalmente, Washington D.C. empieza a tener arquitectura a la altura de su Líder Supremo. El proyecto del nuevo Arco del Triunfo de Trump apunta a unos modestos 76 metros de altura, presuntamente inspirado en los arcos romanos y en el de París, con sutiles adornos dorados y una figura alada en la cima. Un comienzo adorable, pero patéticamente insuficiente. Estamos hablando de Donald J. Trump, no de un emperaducho romano que conquistó tres aldeas en sandalias ni de Napoleón, aquel medio topocho que necesitó invadir media Europa solo para compensar sus complejos de estatura.
Si vamos a honrar al ser más grande que ha transitado el universo observable, y posiblemente el paralelo, hagámoslo con la sutileza que lo caracteriza. Para empezar, ese color marfil de la maqueta se va. Dorado absoluto. Dorado fulgurante que deje ciegos a los satélites espía y que obligue a los pilotos que aterrizan a tres kilómetros en el Reagan National a volar con máscara de soldador. Roma construía en mármol blanco simplemente porque en el siglo I no tenían el gusto ni el presupuesto de Mar-a-Lago; no los juzguemos, eran paganos ignorantes.
En la cima del monumento la prensa reporta una figura de la "Libertad alada". ¿Libertad? Qué desperdicio de metros cuadrados. En ese pedestal de 70 metros va el propio Titán: traje tres tallas más grande, corbata roja que le acaricie las rodillas y esa mirada de hombre que acaba de crear un arancel a un país que ni siquiera existe. Nada de alas. Donald no necesita volar; la gravedad lleva ocho décadas intentando despeinarlo y ha fracasado rotundamente.
La iconografía exige reformas urgentes para no confundir a las futuras generaciones. En lugar de una aburrida antorcha, la mano derecha debe empuñar un Sharpie negro de cuatro metros de largo apuntando al firmamento, el artefacto sagrado con el que se redefinen huracanes, se borran fronteras y se rediseña la geografía marina. Olvídense de los laureles: sobre el cráneo debe posarse la Mata Sagrada, esa hazaña de la ingeniería capilar color mazorca que desafía el viento, la lluvia, y tres tratados internacionales. Abajo, los cuatro leones dorados de la base pueden quedarse, pero con una modificación contractual: deben estar arrodillados y pidiendo perdón, no sea que algún artista woke insinúe que un felino tiene la dignidad suficiente para sostenerle la mirada al Líder. De hecho, sugiero además rodear el arco con reclinatorios, de modo que cada uno de nosotros podemos arrodillarnos frente al monumento en gesto sincero de arrepentimiento. Asi cada uno podremos decir como Natalie "Yo no soy digno de tí".
En cuanto a la inscripción frontal, la propuesta oficial contempla “ONE NATION UNDER GOD”. Entrañable, pero plantea un dilema constitucional y teológico gravísimo: ¿para qué saturar el texto mencionando a dos autoridades en la misma oración? Simplifiquemos para evitar disputas de ego: ONE NATION UNDER TRUMP. Mucho más preciso y fiscalmente responsable.
Los romanos levantaban arcos después de ganar una gu3rra. Napoleón encargó el suyo para conmemorar victorias militares reales. Qué mentalidad tan pequeña y atrapada en el pasado. El Genio Estable ha llevado la arquitectura monumental a una dimensión cuántica: cuando uno acumula infinitas victorias presentes, pasadas, futuras y conceptuales, esperar a que algo "concluya" para construir un monumento de 76 metros es de perdedores.
Roma tuvo emperadores. París tuvo a Napoleón. Washington al Genio Estable. ¿Cuanta razón para erigir un monumento que honre tal gloria intergalactica? Sufran escuakas.... por el pecho a los bidenzolanos.


