Vivir sesenta años en Venezuela me dejó un olfato especial para detectar cuando te están vendiendo socialismo con perfume. No falla. Primero lo endulzan con palabras bonitas: justicia social, inclusión, soberanía. Luego, cuando ya estás metido en la trampa, te dicen que no hay alternativa. Y ahí es donde entra la izquierda internacional, siempre lista para darle un empujoncito moral al régimen, disfrazado de diplomacia o de moderación. Es como cuando el vecino te dice con cara seria que “no hay que exagerar, que la cosa en tu casa no puede estar tan mal”, mientras tú ves el incendio por la ventana.
Hay días en que uno siente que ya ha visto esta película demasiadas veces. En Venezuela la repitieron en bucle durante un cuarto de siglo: el guion donde la izquierda “buena”, la de discurso suave y ropa planchadita, termina siendo la gran cómplice —por omisión o por romanticismo ideológico— de la izquierda tóxica, la que destruye países con la misma naturalidad con la que compra tiempo en Miraflores. Y lo peor es que ese libreto se exporta. Se exporta con acentos distintos, pero con la misma ingenuidad calculada: progres, demócratas, socialdemócratas “inofensivos”, zurdos de manual… todos repitiendo que el chavismo es un problema “complejo”, que “hay que dialogar”, que “las sanciones no sirven”. Esa letanía, dicho en claro, es gasolina para Maduro.
En Estados Unidos, esa postura tibia ha encajado como un guante en los sectores más progresistas del Partido Demócrata, que parecen tener un radar especial para justificar a cualquier gobierno que hable con un poco de antiimperialismo barato. Lo de Maduro les huele a revolución romántica, a épica contra los poderosos… cuando en realidad es un aparato de corrupción con estética de revolución. Esa terquedad en mirar para otro lado no solo es irresponsable; es una forma directa de extenderle la vida al chavismo.
Y aquí es donde el contraste se vuelve incómodo para muchos: guste o no, el único que ha mostrado —sin rodeos, sin eufemismos y sin cursilerías diplomáticas— una disposición real a asfixiar al régimen ha sido Trump. Puede caer mal, puede ser ruidoso, puede ser políticamente incorrecto… pero cuando se trata de presionar a Maduro, es el único que juega duro. Y en estas cosas, créeme, jugar duro hace la diferencia. El chavismo entiende una sola lengua: la fuerza. Todo lo demás lo digieren, lo negocian, lo patean para adelante. Con los demócratas, Maduro siempre respira; con Trump, siente el agua en el cuello.
No deja de ser curioso cómo muchos progres europeos o americanos repiten clichés sobre libertad, derechos humanos y democracia, pero a la hora de cerrar filas contra dictaduras reales —esas que encarcelan, torturan y empobrecen— les entra una especie de amnesia selectiva. Critican a Trump por “autoritarismo”, mientras guardan silencio ante un régimen que anuló elecciones, liquidó la institucionalidad y expulsó a millones de personas. A veces parece que lo que les molesta no es el autoritarismo, sino que no venga de su bando.
Es incómodo decirlo, pero la política exterior suave ha sido una bendición para Maduro. Cada vez que en Washington triunfa la línea de “diálogo”, el régimen de Maduro celebra; cada vez que se suavizan sanciones, se fortalecen sus redes de dinero; cada vez que la izquierda internacional se declara “neutral”, el chavismo gana meses, años, oxígeno. Y mientras tanto, la gente sigue saliendo del país con una maleta y una esperanza gastada.
Aquí va una verdad que no cae simpática: querer “una izquierda moderna”, “más sensata”, “más europea”, puede sonar bonito en un salón de conferencias; pero en la práctica, cuando se trata de Venezuela, esa izquierda termina sosteniendo al monstruo. No por maldad, sino por ideología, por nostalgia, por incapacidad de admitir que su cuento del socialismo amable no funciona en la vida real.
Hoy, si uno es frío y pragmático —como conviene ser cuando un país está secuestrado por una mafia—, la única vía rápida para romper el blindaje internacional que protege al chavismo pasa por un liderazgo que no tema confrontarlo. Y ese liderazgo, guste o no, corre por el carril de Trump. Él no ve a Maduro como un símbolo político, sino como un obstáculo. No como un “problema complejo”, sino como lo que es: una dictadura que solo se sostiene si le dejan espacio.
Es paradójico, incluso un poco tragicómico, que para acabar con un régimen de izquierda radical, la salida más cercana esté a la derecha… y muy a la derecha. Pero la historia no viene diseñada para hacer a nadie cómodo. Y cuando lo que está en juego es la libertad de un país, la comodidad ideológica pasa a segundo plano.
Si de verdad se quiere ver el final del chavismo en el corto plazo, toca reconocer un hecho que a muchos les cuesta: cada voto, cada apoyo, cada discurso que fortalezca a la izquierda internacional, por suave que sea, alarga el reinado de Maduro; cada movimiento que fortalezca a quien esté dispuesto a presionarlo de verdad, acorta ese reinado. Así de simple, así de brutal.
Y sí, puede sonar duro, pero después de lo vivido en Venezuela, uno aprende a valorar más los resultados que las etiquetas políticas. Porque al final, lo que importa no es quién promete el cambio con palabras bonitas, sino quién está dispuesto a provocar el cambio de verdad. Y en ese tablero, hoy, el golpe más fuerte contra el chavismo no viene del progresismo; viene del otro extremo.
La izquierda que sostiene a Maduro y la derecha que puede derribarlo
Re: La izquierda que sostiene a Maduro y la derecha que puede derribarlo
Cuando escuchas decir "la izquierda que sostiene a maduro" te vienen a la mente nombres como lander, buzz y el mojón podemita/peluk/eduviges.

Los mierdogres son el cáncer de la civilización y los bidenvenecos su fase terminal.
Re: La izquierda que sostiene a Maduro y la derecha que puede derribarlo
Lalo, tu interpretación de la política venezolana vuelve a brillar por su fineza… pero de la misma fineza que una fibra de paja. Según tú, todo se reduce a un dilema de jardín infantil: “o Trump o Maduro”. Un planteamiento tan sofisticado que sorprende que Hollywood no haya comprado ya la idea para su próxima película animada: Caudillos 2: ahora sí se podrá. Pero en esta secuela hay un giro cómico: el supuesto “salvador” de Venezuela, Trump, no solo no es amigo de los venezolanos, sino que en 2025 celebró la revocatoria del TPS como si fuera una victoria diplomática. Acto seguido, congeló asilos, residencias, visas y naturalizaciones para 19 nacionalidades, incluido el gentilicio que tú y yo compartimos. Todo esto mientras sus seguidores gritan “¡Trump nos ama!”, y él, muy considerado, les responde con la ternura "Tren de Aragua".
Y lo más “entrañable” de tu postura es ese reflejo tan venezolano, tan nuestro, tan folklórico, de buscar un nuevo “hombre fuerte” que llegue desde afuera, con capa, espada y pechera, a arreglarlo todo. No importa cuántas veces ese cuento nos haya explotado en la cara; siempre aparece alguien dispuesto a ver la misma serie desde la temporada uno. Y claro, el discurso del “todo o nada”, ese clásico que ha destruido países enteros, lo repites con entusiasmo digno de maratonista: la G........ Civil Española, Chile en los 70, la Alemania de Weimar, Roma entre Mario y Sila… todos recordatorios de que cuando los ciudadanos entregan su destino a caudillos o a extremos, el final nunca es feliz. Pero nada, que la historia siga hablando sola; aquí seguimos esperando al próximo salvador, palomitas en mano, listos para el remake. Mientras sigamos creyendo que otros van a resolver lo que es responsabilidad nuestra, Venezuela no avanza: hace moonwalk. Y mientras sigamos presos del pensamiento mágico del “todo o nada”, el único resultado garantizado es que no ganará la libertad, sino el desastre… otra vez.
Y lo más “entrañable” de tu postura es ese reflejo tan venezolano, tan nuestro, tan folklórico, de buscar un nuevo “hombre fuerte” que llegue desde afuera, con capa, espada y pechera, a arreglarlo todo. No importa cuántas veces ese cuento nos haya explotado en la cara; siempre aparece alguien dispuesto a ver la misma serie desde la temporada uno. Y claro, el discurso del “todo o nada”, ese clásico que ha destruido países enteros, lo repites con entusiasmo digno de maratonista: la G........ Civil Española, Chile en los 70, la Alemania de Weimar, Roma entre Mario y Sila… todos recordatorios de que cuando los ciudadanos entregan su destino a caudillos o a extremos, el final nunca es feliz. Pero nada, que la historia siga hablando sola; aquí seguimos esperando al próximo salvador, palomitas en mano, listos para el remake. Mientras sigamos creyendo que otros van a resolver lo que es responsabilidad nuestra, Venezuela no avanza: hace moonwalk. Y mientras sigamos presos del pensamiento mágico del “todo o nada”, el único resultado garantizado es que no ganará la libertad, sino el desastre… otra vez.
Re: La izquierda que sostiene a Maduro y la derecha que puede derribarlo
Buzz (o debería decir "el poeta del paracetamol"), tu comentario es típico: mucha metáfora, mucha pose intelectual, pero cero sustancia. Te encanta adornar el paisaje para no mirar el elefante que tienes enfrente: la izquierda internacional —incluidos tus progres de cabecera— ha sido el respaldo más fiel que ha tenido Maduro. Sin esa tibieza disfrazada de “moderación”, el régimen no habría durado ni la mitad.Buzz escribió: Sab Dic 06, 2025 5:29 pm Lalo, tu interpretación de la política venezolana vuelve a brillar por su fineza… pero de la misma fineza que una fibra de paja. Según tú, todo se reduce a un dilema de jardín infantil: “o Trump o Maduro”. Un planteamiento tan sofisticado que sorprende que Hollywood no haya comprado ya la idea para su próxima película animada: Caudillos 2: ahora sí se podrá. Pero en esta secuela hay un giro cómico: el supuesto “salvador” de Venezuela, Trump, no solo no es amigo de los venezolanos, sino que en 2025 celebró la revocatoria del TPS como si fuera una victoria diplomática. Acto seguido, congeló asilos, residencias, visas y naturalizaciones para 19 nacionalidades, incluido el gentilicio que tú y yo compartimos. Todo esto mientras sus seguidores gritan “¡Trump nos ama!”, y él, muy considerado, les responde con la ternura "Tren de Aragua".
Y lo más “entrañable” de tu postura es ese reflejo tan venezolano, tan nuestro, tan folklórico, de buscar un nuevo “hombre fuerte” que llegue desde afuera, con capa, espada y pechera, a arreglarlo todo. No importa cuántas veces ese cuento nos haya explotado en la cara; siempre aparece alguien dispuesto a ver la misma serie desde la temporada uno. Y claro, el discurso del “todo o nada”, ese clásico que ha destruido países enteros, lo repites con entusiasmo digno de maratonista: la G........ Civil Española, Chile en los 70, la Alemania de Weimar, Roma entre Mario y Sila… todos recordatorios de que cuando los ciudadanos entregan su destino a caudillos o a extremos, el final nunca es feliz. Pero nada, que la historia siga hablando sola; aquí seguimos esperando al próximo salvador, palomitas en mano, listos para el remake. Mientras sigamos creyendo que otros van a resolver lo que es responsabilidad nuestra, Venezuela no avanza: hace moonwalk. Y mientras sigamos presos del pensamiento mágico del “todo o nada”, el único resultado garantizado es que no ganará la libertad, sino el desastre… otra vez.
Mencionas el TPS y las políticas migratorias como si eso tuviera algo que ver con quién presiona de verdad al chavismo. Confundes deliberadamente cosas distintas. La realidad es simple: Trump fue el único que puso a Maduro contra la pared y le cerró espacios. Los demócratas, en cambio, lo protegen. Y Maduro lo sabe: duerme mucho más tranquilo con ellos en Washington.
Tu obsesión con los “caudillos” es otra vuelta para no admitir que el chavismo no es una discusión filosófica: es una mafia enquistada en el poder. A una mafia no la sacas con diálogos eternos ni con discursos progres; la sacas con presión real. Y esa presión no viene del lado que tú defiendes.
Apelas a Weimar, Chile, Roma… pura decoración. Nada de eso aplica cuando enfrentas un régimen criminal sostenido por redes internacionales. Pretender que Venezuela se arregla solo con “madurez ciudadana” es ingenuo hasta para ti.
Así que sí, si queremos ver el fin del chavismo pronto, hay que admitir algo incómodo: la izquierda lo prolonga; Trump lo acorta. Lo demás es humo poético, del que tú eres especialista.

