Porque si un general pasa cuarenta años estudiando logística, geopolítica y G........, tarde o temprano la güevonada del wokismo se le mete por los poros. Primero empieza preguntando cuántos M...... quedan; después le entra la piquiña de saber cuál es el objetivo; y cuando vienes a ver, el tipo anda en el atrevimiento de llevarle la contraria al Presidente. Hegseth llegó precisamente a parar esa guachafita: menos oficiales con la mala costumbre de pensar por cuenta propia y mucho más warrior ethos.
La nueva doctrina es científicamente impecable: medir la testosterona. El propio Hegseth ha celebrado el glorioso lema del “High-T Department of War”. ¿Para qué tanto papeleo, comités y cuatro décadas de servicio? Testosterona baja: tas ponchado, no te vistas que no vas. Normal: quedas bajo la lupa. ¿Testosterona alta, mandíbula trancada y capacidad para rugir “YES, SIR!” antes de saber qué coño preguntó el Líder Dorado? Ascenso automático. La cuarta estrella se la entregamos si logra escuchar una explicación estratégica del Titán sin que se le mueva una sola ceja.
Y todavía falta pasar la lupa sanitaria. Yo le metería una buena requisa a los clósets del alto mando: crema hidratante, acondicionador, protector solar... cualquier indicio de picada de murciélago zurdo merece su investigación. Pensándolo bien, tanta estrellita bordada en los hombros también luce medio delicada. Sustituyámoslas por bíceps dorados: cuatro bíceps, general de división; cinco bíceps, suficientemente macho para jurarle al Presidente que tiene toda la razón del mundo.
Y no me vengan ahora con comparaciones de la guataca. Que Chávez también fuera sacando militares incómodos para rodearse de puros jalamacetas con uniforme es pura coincidencia tropical. Lo de Caracas era socialismo balurdo; lo de Washington es medicina preventiva. Porque no hay nada más woke que un general cometiendo la insolencia de decir: “Señor Presidente, me parece que eso debe repensarce”.
Para comprobar la eficacia del tratamiento, ahí tenemos el caso Irán. Meses de plomo y el Titán ya descubrió una innovación que no se le ocurrió ni a Alejandro Magno: ganar la misma maldita G........ un puñado de veces. Se declara victoria, el Ayatolá hace respawn —reaparece en la partida— y ¡ZUÁSSS!, Donald vuelve a aplastarlo. Mission Accomplished. Restart. New Game. Y a ganar de nuevo. Semejante triunfo sería una mezquindad disfrutarlo una sola vez.
Gracias, Mr. President. La selección de Hegseth fue otra genialidad: cuando termine de sanear el Pentágono, quizás no quede nadie que sepa cómo ganar una G........, pero coño, todos tendrán High-T.

