
Hay milagros políticos mucho más impresionantes que separar las aguas del mar Rojo. El más reciente ocurrió en Venezuela: bastó que el viejo aparato chavista opresivo le resultara útil a Washington para que varios demonios que oprimían al país amanecieran convertidos en servidores necesarios del Bien.
Durante años, aquello era el narcoestado. Delcy Rodríguez era una de sus caras más visibles; Jorge Rodríguez, el tejedor de la maraña política que daba apariencia institucional a una dictadura; Diosdado Cabello, el hombre fuerte del aparato de seguridad. Washington todavía mantiene contra Cabello una acusación federal por narcoterrorismo y narcotráfico, además de una recompensa de hasta 25 millones de dólares por información que conduzca a su arresto o condena. Pero hoy Diosdado sigue sentado como ministro del Interior mientras el nuevo arreglo con Washington marcha viento en popa. El prontuario, aparentemente, tiene horario de oficina.
Delcy experimentó una transustanciación todavía más hermosa. Trump pasó a decir públicamente que está haciendo un «excelente trabajo», que coopera muy bien con Estados Unidos y que «el petróleo está empezando a fluir». Y vaya si fluye: el acuerdo anunciado contempla 17 campos y más de 65 000 millones de barriles, con U.S. majority control, poderosos derechos de gobernanza y petróleo garantizado a bajo costo para la parte estadounidense. La antigua vicepresidenta del narcoestado ahora parece una eficiente capataz petrolera. El pecado no desapareció: consiguió contrato nuevo.
Jorge tampoco necesita ya ser el arquitecto político del régimen. Ahora puede graduarse de operador indispensable de la estabilidad. Y para completar el equipo, Defensa quedó en manos de Gustavo González López, antiguo jefe del SEBIN, sancionado por Estados Unidos y la Unión Europea por violaciones a los derechos humanos. Qué maravilla de reciclaje institucional: lo que ayer olía a aparato represivo hoy puede empaquetarse como continuidad, orden y gobernabilidad.
Washington usa la excusa del pragmatismo. Lo verdaderamente tragicómico ocurre más cerca de casa. Porque algunos de los mismos venezolanos que aquí describían durante años a Delcy, Jorge, Diosdado y compañía como la encarnación del Diablo y todo su séquito, mutaron con una velocidad que avergonzaría a Darwin. Bastó que el Genio Estable decidiera utilizarlos para que el narcoestado comenzara a producir «interlocutores necesarios», «estabilidad» y «realismo político». Los buenos de ayer, si incomodan el plan, pueden pasar a ser ingenuos o estorbosos; los malos de ayer, si ejecutan el plan, adquieren inesperadas virtudes administrativas.
No cambiaron sus biografías. No cambiaron mágicamente sus antecedentes. Cambió Washington. Y algunos cambiaron de moral exactamente con la misma velocidad con la que se actualiza un software.




