Al principio todo es enamoramiento: “Él jamás me haría eso.” Trump aparece como el único aliado capaz de hacer algo por Venezuela, el hombre que se atrevió donde Biden, Europa y los demás no hicieron nada. Cualquier duda parece falta de confianza. El plan existe y, aunque nadie entienda bien cuál coño es, el hombre sabe lo que hace.
Después empiezan los detallitos raros: perfume extraño en la camisa, una llamada a las dos de la mañana. En nuestro caso, Trump comienza a elogiar a Delcy Rodríguez y dice que está haciendo un “excelente trabajo”. Pero tranquilo: seguramente es estrategia. Delcy sigue siendo Delcy, sólo que ahora hay que entender el contexto. Como cuando tu pana te dice que vio a tu marido cenando con otra jeva y tú respondes: “seguro estaban hablando de negocios”.
Luego aparece la foto. Ya no es rumor: la Casa Blanca anuncia un acuerdo que describe como otorgando “U.S. majority control” sobre más de 65.000 millones de barriles venezolanos, con derechos de gobernanza y suministro de petróleo a bajo costo para EE. UU. Y entonces empieza la parte divertida: en vez de mirar la foto, se investiga al desgraciado que la trajo. “¿Y tú por qué estás tan pendiente?” “Seguro eres regre y progre.” “Chavista disfrazado.” “Tienes una obsesión.” La camisa tiene labial, pero el sospechoso termina siendo quien señaló la mancha.
Cuando ya no se puede negar, llega la fase creativa: “Sí, pero seguramente tenía sus razones.” Trump es presidente de Estados Unidos, no de Venezuela; necesita petróleo, resultados y estabilidad; Delcy controla el aparato y trabajar con ella puede ser pragmático. Es discutible. Pero observe cómo cambió la conversación: ya no es “Trump viene a salvar Venezuela”, sino “Trump debe hacer lo que le convenga a Estados Unidos”.
Y después viene la etapa psicológicamente más interesante de Cornelio: “Quizás la culpa fue mía.” Empiezan entonces los venezolanos a aparecer como malagradecidos, cortoplacistas, incapaces de administrar su petróleo, poco confiables. Es el equivalente político de mirarse al espejo después de descubrir la infidelidad y concluir: “bueno, quizás yo lo descuidé”.
Y al final, después de tanta estrategia secreta y tanta rabia contra el pana que mostró la evidencia, uno termina oyendo de fondo: “son rumores, son rumores…”. Primero niegas el perfume, después el mensaje, luego insultas al amigo y, cuando ya en la esquina te gritan “¡el venado!”, todavía queda una salida: convencerte de que los cachos eran parte del plan… y que quizá hasta te los merecías.
El verdadero desengaño no siempre es descubrir lo que pasó. A veces es descubrir cuánto cambiaste tú para no tener que admitirlo.





