CAPITULO III
DE LOS PRINCIPADOS MIXTOS
Pero las dificultades existen en los principados nuevos. Y si no es nuevo del todo, sino corno miembro agregado a un conjunto anterior, que puede llamarse así mixto, sus incertidumbres nacen en primer lugar de una natural dificultad que se encuentra en todos los principados nuevos. Dificultad que estriba en que los hombres cambian con gusto de señor, creyendo mejorar; y esta creencia los impulsa a tomar las armas contra él; en lo cual se engañan, pues luego la experiencia les enseña que han empeorado. Esto resulta de otra necesidad natural y común que hace que el príncipe se vea obligado a ofender a sus nuevos súbditos, con tropas o con mil vejaciones que el acto de la conquista lleva consigo.
De modo que tienes por enemigos a todos los que has ofendido al ocupar el principado, y no puedes conservar como amigos a los que te han ayudado a conquistarlo, porque no puedes satisfacerlos como ellos esperaban, y puesto que les estás obligado, tampoco puedes emplear medicinas fuertes contra ellos; porque siempre, aunque se descanse en ejércitos poderosísimos, se tiene necesidad de la colaboración de los «provincianos» para entrar en una provincia. Por estas razones, Luis XII, rey de Francia, ocupó rápidamente a Milán, y rápidamente lo perdió; y bastaron la primera vez para arrebatársele las mismas fuerzas de Ludovico; porque los pueblos que le habían abierto las puertas, al verse defraudados en las esperanzas que sobre el bien futuro habían abrigado no podían soportar con resignación las imposiciones del nuevo príncipe.
Bien es cierto que los territorios rebelados se pierden con más dificultad cuando se conquistan por segunda vez, porque el señor, aprovechándose de la rebelión, vacila menos en asegurar su poder castigando a los delincuentes, vigilando a los sospechosos y reforzando las partes más débiles.
De modo que, si para hacer perder Milán a Francia bastó la primera vez con duque Ludovico que hiciese un poco
de ruido en las fronteras, para hacérselo perder la segunda se necesitó que todo el mundo se concertase en su contra, y que sus ejércitos fuesen aniquilados y arrojados de Italia, lo cual se explica por las razones antedichas.
Desde luego, Francia perdió a Milán tanto la primera como la segunda vez. Las razones generales de la primera ya han sido discurridas; quedan ahora las de la segunda, y queda el ver los medios de que disponía o de que hubiese podido disponer alguien que se encontrara en el lugar de Luis XII para conservar la conquista mejor que Estos Estados, que al adquirirse se agregan a uno más antiguo, o son de la misma provincia y de la misma lengua, o no lo son. Cuando lo son, es muy fácil conservarlos, sobre todo cuando no están acostumbrados a vivir libres; y para afianzarse en el poder, basta con haber borrado la línea del príncipe que los gobernaba, porque, por lo demás, y siempre que se respeten sus costumbres y las ventajas de que gozaban, los hombres permanecen sosegados, como se ha visto en el caso de Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía, que están unidas a Francia desde hace tanto tiempo; y aun cuando hay alguna diferencia de idioma, sus costumbres son parecidas y pueden convivir en buena armonía. Y quien los adquiera, si desea conservarlos, debe tener dos cuidados: primero que la descendencia del anterior príncipe desaparezca; después, que ni sus leyes ni sus tributos sean altera dos. Y se verá que en brevísimo tiempo el principado adquirido pasa a constituir un solo y mismo cuerpo con el principado conquistador.
Pero cuando se adquieren Estados en una provincia con idioma, costumbres y organización diferentes, surgen entonces las dificultades y se hace precisa mucha suerte y mucha habilidad para conservarlos; y uno de los mejores y más eficaces remedios sería que la persona que los adquiriera fuese a vivir en ellos. Esto haría más segura y más duradera la posesión. Como ha hecho el Turco con Grecia; ya que, a despecho de todas las disposiciones tomadas para conservar aquel Estado, no habría conseguido retenerlo si no hubiese ido a establecerse allí. Porque, de esta manera, ven nacer los desórdenes y se los puede reprimir con prontitud; pero, residiendo en otra parte, se entera uno cuando ya son grandes y no tienen remedio. Además, los representantes del príncipe no pueden saquear la provincia, y los súbditos están más satisfechos porque pueden recurrir a él fácilmente y tienen más oportunidades para amarlo, si quieren ser buenos, y para temerlo, si quieren proceder de otra manera. Los extranjeros que desearan apoderarse del Estado tendrían más respeto; de modo que, habitando en él, sólo con muchísima dificultad podrá perderlo.
Otro buen remedio es mandar colonias a uno o dos lugares que sean como llaves de aquel Estado; porque es preciso hacer esto o mantener numerosa tropas. En las colonias no se gasta mucho, y con esos pocos gastos se las gobierna y conserva, y sólo se perjudica a
aquellos a quienes se arrebatan los campos y las casas para darlos a los nuevos habitantes, que forman una mínima parte de aquel Estado. Y como los damnificados son pobres y andan dispersos, jamás pueden significar peligro; y en cuanto a los demás, como por una parte no
tienen motivos para considerarse perjudicados, y por la otra temen incurrir en falta y exponerse a que les suceda lo que a los despojados, se quedan tranquilos. Concluyo que las colonias no cuestan, que son más fieles y entrañan menos peligro; y que los damnificados no pueden causar molestias, porque son pobres y están aislados, como ya he dicho.
Ha de notarse, pues, que a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque si se vengan de las ofensas leves, de las graves
no pueden; así que la ofensa que se haga al hombre debe ser tal, que le resulte imposible vengarse.
Si en vez de las colonias se emplea la ocupación militar, el gasto es mucho mayor, porque el mantenimiento de la guardia absorbe las rentas del Estado y la adquisición se convierte en pérdida, y, además, se perjudica e incomoda a todos con el frecuente cambio del alojamiento de las tropas. Incomodidad y perjuicio que todos sufren, y por los cuales todos se vuelven enemigos; y son enemigos que deben temerse, aun cuando permanezcan encerrados en sus casas. La ocupación militar es, pues, desde cualquier punto de vista, tan inútil como útiles son las colonias.
El príncipe que anexe una provincia de costumbres, lengua y organización distintas a las de la suya, debe también convertirse en paladín y defensor de los vecinos menos poderosos, ingeniarse para debilitar a los de mayor poderío y cuidarse de que, bajo ningún pretexto, entre en su Estado un extranjero tan poderoso como él. Porque siempre sucede que el recién llegado se pone de parte de aquellos que, por ambición o por miedo, están descontentos de su gobierno; como ya se vio cuando los etolios llamaron a los romanos a Grecia: los invasores entraron en las demás provincias llamados por sus propios habitantes. Lo que ocurre comúnmente es que, no bien un extranjero poderoso entra en una provincia, se le adhieren todos los que sienten envidia del que es más fuerte entre ellos; de modo que el extranjero no necesita gran fatiga para ganarlos a su causa, ya que enseguida y de buena gana forman un bloque con el Estado invasor. Sólo tiene que preocuparse de que después sus aliados no adquieran demasiada fuerza y autoridad, cosa que puede hacer fácilmente con sus tropas, que abatirán a los poderosos y lo dejarán árbitro único de la provincia.El que, en lo que a esta parte se refiere, no gobierne bien perderá muy pronto lo que hubiere conquistado, y aun cuando lo conserve, tropezará con infinitas dificultades y obstáculos.
Los romanos, en las provincias de las cuales se hicieron dueños, observaron perfectamente estas reglas. Establecieron colonias, respeta-
ron a los menos poderosos sin aumentar su poder, avasallaron a los poderosos y no permitieron adquirir influencia en el país a los extranjeros poderosos. Y quiero que me baste lo sucedido en la provincia de Grecia como ejemplo. Fueron respetados acayos y etolios, fue sometido el reino de los macedonios, fue expulsado Antíoco, y nunca los méritos que hicieron acayos o etolios los llevaron a permitirles
expansión alguna ni las palabras de Filipo los indujeron a tenerlo corno amigo sin someterlo, ni el poder de Antíoco pudo hacer que consintiesen en darle ningún Estado en la provincia. Los romanos hicieron en estos casos lo que todo príncipe prudente debe hacer, lo cual no consiste simplemente en preocuparse de los desórdenes presentes, sino también de los futuros, y de evitar los primeros a cualquier precio. Porque previniéndolos a tiempo se pueden remediar con facilidad; pero si se espera que progresen, la medicina llega a deshora, pues la enfermedad se ha vuelto incurable. Sucede lo que los médicos dicen del tísico: que al principio su mal es difícil de conocer, pero fácil de curar, mientras que, con el transcurso del tiempo, al no haber sido conocido ni atajado, se vuelve fácil de conocer, pero difícil de curar. Así pasa en las cosas del Estado: los males que nacen en él, cuando se los descubre a tiempo, lo que sólo es dado al hombre sagaz, se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando, por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto de que todo el mundo los ve.
Pero como los romanos vieron con tiempo los inconvenientes, los remediaron siempre, y jamás les dejaron seguir su curso por evitar una G........, porque sabían que una G........ no se evita, sino que se difiere para provecho ajeno. La declararon, pues, a Filipo y a Antíoco en Grecia, para no verse obligados a sostenerla en Italia; y aunque entonces podían evitarla tanto en una como en otra parte, no lo quisieron.
Nunca fueron partidarios de ese consejo, que está en boca de todos los sabios de nuestra época: «hay que esperarlo todo del tiempo»; prefirieron confiar en su prudencia y en su valor, no ignorando que el tiempo puede traer cualquier cosa consigo, y que puede engendrar tanto el bien como el mal, y tanto el mal como el bien.
Pero volvamos a Francia y examinemos si se ha hecho algo de lo dicho. Hablaré, no de Carlos, sino de Luis, es decir, de aquel que, por haber dominado más tiempo en Italia, nos ha permitido apreciar mejor su conducta. Y se verá como ha hecho lo contrario de lo que debe hacerse para conservar un estado de distinta nacionalidad.
El rey Luis fue llevado a Italia por la ambición de los venecianos, que querían, gracias a su intervención, conquistar la mitad de Lom-
bardía. Yo no pretendo censurar la decisión por el rey, porque si tenía el propósito de empezar a introducirse en Italia, y carecía de amigos, y todas las puertas se le cerraban a causa de los desmanes del rey Carlos, no podía menos que aceptar las amistades que se le ofrecían. Y habría triunfado en su designio si no hubiera cometido error alguno en sus medidas posteriores. Conquistada, pues, la Lombardía, el rey pronto recobró para Francia la reputación que Carlos le había hecho perder. Génova cedió; los florentinos le brindaron su amistad; el marqués de Mantua, el duque de Ferrara, los Bentivoglio, la señora de Forli, los señores de Faenza de Pésaro, de Rímini, de Camerino y de Piombino, los luqueses, los pisanos y los sieneses, todos trataron de convertirse en sus amigos. Y entonces pudieron comprender los venecianos la temeridad de su ocurrencia: para apoderarse de dos ciudades de Lombardía, hicieron el rey dueño de las dos terceras partes de Italia.
Considérese ahora con qué facilidad el rey podía conservar su influencia en Italia, con tal de haber observado las reglas enunciadas y defendido a sus amigos, que, por ser numerosos y débiles, y temer unos a los venecianos y otros a la Iglesia, estaban siempre necesitados de su apoyo; y por medio de ellos contener sin dificultad a los pocos enemigos grandes que quedaban. Pero pronto obró al revés en Milán, al ayudar al papa Alejandro para que ocupase la Romaña. No advirtió de que con esta medida perdía a sus amigos y a los que se habían puesto bajo su protección, y al par que debilitaba sus propias fuerzas, engrandecía a la Iglesia, añadiendo tanto poder temporal al espiritual, que ya bastante autoridad le daba. Y cometido un primer error, hubo que seguir por el mismo camino; y para poner fin a la ambición de Alejandro e impedir que se convirtiese en señor de Toscana, se vio obligado a volver a Italia. No le bastó haber engrandecido a la Iglesia y perdido a sus amigos, sino que, para gozar tranquilo del reino de Nápoles, lo compartió con el rey de España; y donde él era antes árbitro único, puso un compañero para que los ambiciosos y descontentos de la provincia tuviesen a quien recurrir; y donde podía haber dejado a un rey tributario llamó a alguien que podía echarlo a él.
El ansia de conquista es, sin duda, un sentimiento muy natural y común, y siempre que lo hagan los que pueden, antes serán alabados que censurados; pero cuando intentan hacerlo a toda costa los que no pueden, la censura es lícita. Si Francia podía, pues, con sus fuerzas apoderarse de Nápoles, debía hacerlo; y si no podía, no debía dividirlo. Si el reparto que hizo de Lombardía con los venecianos era excusable porque le permitió entrar en Italia, lo otro, que no estaba justificado por ninguna necesidad, es reprobable. Luis cometió, pues, cinco faltas: aniquiló a los débiles, aumentó el poder de un poderoso de Italia, introdujo en ella a un extranjero más poderoso aún, no se estableció en el territorio conquistado y no fundó colonias. Y, sin embargo, estas faltas, por lo menos en vida de él, podían no haber traído consecuencias desastrosas si no hubiese cometido la sexta, la de despojar de su Estado a los venecianos. Porque, en vez de hacer fuerte a la Iglesia y de poner a España en Italia, era muy razonable y hasta necesario que los sometiese; pero cometido el error, nunca debió consentir en la ruina de los venecianos, pues poderosos como eran, habrían mantenido a los otros siempre distantes de toda acción contra Lombardía, ya porque no lo hubiesen permitido sino para ser ellos mismos los dueños, ya porque los otros no hubiesen querido arrebatársela a Francia para dársela a los venecianos, y para atacar a ambos a la vez les hubiera faltado audacia. Y si alguien dijese que el rey Luis cedió la Romaña a Alejandro y el Reino a España para evitar la G........, contestaría con las razones arriba enunciadas: que para evitar una G........ nunca se debe dejar que sin desorden siga su curso, porque no se la evita, sino se la posterga en perjuicio propio. Y si otros alegasen que el rey había prometido al papa ejecutar la empresa en su favor para obtener la disolución de su matrimonio y el capelo de Ruán, respondería con lo que más adelante se dirá acerca de la fe de los príncipes y del modo de observarla.
El rey Luis ha perdido, pues, la Lombardía por no haber seguido ninguna de las normas que siguieron los que conquistaron provincias y quisieron conservarlas. No se trata de milagro alguno, sino de un hecho muy natural y lógico. Así se lo dije en Nantes al cardenal de Ruán llamado «el Valentino» como era llamado por el pueblo César Borgia, hijo del papa Alejandro, ocupaba la Romaña. Como me dijera el cardenal de Ruán que los italianos no entendían nada de las cosas de la G........, yo tuve que contestarle que los franceses entendían menos de las que se refieren al Estado, porque de lo contrario no hubiesen dejado que la Iglesia adquiriese tanta influencia. Y ya se ha visto cómo, después de haber contribuido a crear la grandeza de la Iglesia y de España en Italia, Francia fue arruinada por ellas. De lo cual se infiere una regla general que rara vez o nunca falla: que el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su propia ruina. Porque es natural que el que se ha vuelto poderoso recele de la misma astucia o de la misma fuerza gracias a las cuales se lo ha ayudado.
El príncipe de Maquiavelo, Capitulo III: Los principados mixtos
El príncipe de Maquiavelo, Capitulo III: Los principados mixtos
Los mierdogres son el cáncer de la civilización y los bidenvenecos su fase terminal.
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Re: El príncipe de Maquiavelo, Capitulo III: Los principados mixtos
A continuación extracto de 4 leyes del poder, del Libro Las 48 Leyes del Poder de Robert Green
Nota: el post es bastante extenso ya que se narran hechos historicos en diferentes epocas, que sucitan el éxito que tuvieron quienes entendieron las leyes que deben cumplirse para conseguir el poder político basado en las circunstancias presentes.
LEY N°15, APLASTE POR COMPLETO A SU ENEMIGO. pág 153
Criterio:
Empezando por Moisés, todos los grandes líderes de la' historia sabían que era necesario aplastar por completo al enemigo al que temían. (En algunas oportunidades aprendieron esta lección a fuerza de golpes.) Si se deja encendida una sola brasa, por muy débil que sea, siempre se corre el riesgo de que vuelva a desencadenarse un incendio. Se ha perdido más por una aniquilación a medias que por una exterminación total: el enemigo se recuperará y buscará venganza. Destrúyalo por completo, no sólo fisica sino también espiritualmente.
OBSERVANCIA DE LA LEY:
LEY N°35, DOMINE EL ARTE DE LA OPORTUNIDAD. pág 361
Criterio:
Nunca demuestre tener prisa, ya que el apuro delata una falta de control sobre el tiempo y sobre su propio accionar. Muéstrese siempre paciente, como si supiera que, con el tiempo, todos sus deseos se cumplirán. Conviértase en especialista en el arte de detectar el momento propicio para cada cosa.
Descubra el espíritu de los tiempos actuales y las tendencias que lo llevarán al poder. Aprenda a mantenerse a la expectativa cuando el momento propicio no haya llegado, y a golpear con fuerza cuando la oportunidad le sea propicia.
Observancia de la Ley:
LEY N°22, UTILICE LA TÁCTICA DE LA CAPITULACIÓN. TRANSFORME LA DEBILIDAD EN PODER. pág 217
Criterio:
Cuando usted sea el más débil, nunca luche simplemente por salvar su honor opte, en cambio, por la capitulación. Rendirse le dará tiempo para recuperarse, tiempo para atormentar e irritar al vencedor, tiempo para esperar a que el poder de éste se diluya. No le dé la satisfacción de luchar y ser vencido por él. Capitule antes de ser derrotado. Al volver la otra mejilla, enfurecerá y desconcertará a su contrincante. Convierta la capitulación en un instrumento de poder.
Observancia de la Ley:
LEY N°42, MUERTO EL PERRO, SE ACABÓ LA RABIA. pág 439
Criterio:
Los problemas suelen tener su origen en un solo individuo fuerte: el instigador, el subalterno arrogante, el sembrador de inquinas y resentimientos. Si usted deja espacio para el accionar de este tipo de individuo, otros sucumbirán a la influencia del personaje. No espere a que los problemas que él causa se multipliquen, y no trate de negociar con él, pues es irrecuperable. Neutralice esa influencia, aislándolo o eliminándolo. Recuerde que, muerto el perro, se acabó la rabia.
Observancia de la Ley:
Nota: el post es bastante extenso ya que se narran hechos historicos en diferentes epocas, que sucitan el éxito que tuvieron quienes entendieron las leyes que deben cumplirse para conseguir el poder político basado en las circunstancias presentes.
LEY N°15, APLASTE POR COMPLETO A SU ENEMIGO. pág 153
Criterio:
Empezando por Moisés, todos los grandes líderes de la' historia sabían que era necesario aplastar por completo al enemigo al que temían. (En algunas oportunidades aprendieron esta lección a fuerza de golpes.) Si se deja encendida una sola brasa, por muy débil que sea, siempre se corre el riesgo de que vuelva a desencadenarse un incendio. Se ha perdido más por una aniquilación a medias que por una exterminación total: el enemigo se recuperará y buscará venganza. Destrúyalo por completo, no sólo fisica sino también espiritualmente.
OBSERVANCIA DE LA LEY:
Wu Chao, nacida en 625 d.C., era hija de un duque y, como poseía mucho encanto, ingresó en el harén del emperador T'ai Tsung. El harén imperial era un sitio peligroso, lleno de jóvenes concubinas que competían entre sí para convertirse en la favorita del emperador. La belleza y el carácter enérgico de Wu le permitieron alcanzar con rapidez esa posición, pero, como sabía que un emperador, al igual que cualquier otro hombre poderoso es un ser veleidoso, y que ella podría fácilmente ser reemplazada, no dejó de pensar en el futuro. Wu logró seducir al libertino hijo del emperador, Kao Tsung, en la única oportunidad que tuvo de encontrarse con él a solas: mientras satisfacía sus necesidades fisiológicas en el orinal real.
Aún así, cuando el emperador murió y Kao Tsung asumió el trono, Wu sufrió el destino que la ley y la tradición imponían a las esposas y concubinas de un emperador difunto: le afeitaron la cabeza y la recluyeron en un convento, supuestamente para el resto de su vida. Durante siete arios Wu planeó cómo fugarse de allí. Se comunicó en secreto con el nuevo emperador y trabó amistad con la emperatriz, y así consiguió que se emitiera un edicto real que le permitió retornar al palacio y al harén real.
Una vez allí, procuró con adulaciones la amistad de la emperatriz, al tiempo que se acostaba con el emperador. La emperatriz no desaprobó esta conducta; como aún no le había dado un heredero al emperador, su posición era vulnerable y Wu constituía una aliada valiosa.
En el año 654, Wu Chao dio a luz un niño. Cierto día la emperatriz fue a visitarla; en cuanto se retiró, Wu ahogó al recién nacido, su propio hijo. Cuando se descubrió el asesinato, las sospechas recayeron de inmediato sobre la emperatriz, que había estado en el lugar del hecho pocos momentos antes, y cuya naturaleza celosa era conocida por todo el imperio. Ése era, precisamente, el plan de Wu. Poco tiempo después la emperatriz fue acusada de asesinato y ejecutada.
Wu Chao fue coronada emperatriz en su lugar. Su nuevo esposo, más afecto a una vida de placeres y distracciones que a las obligaciones reales, cedió con gusto las riendas del gobierno a Wu Chao, que a partir de ese momento se convirtió en la emperatriz Wu.
A pesar de que se encontraba ya en una posición de gran poder, Wu no se sentía segura. Los enemigos que acechaban en todas partes le impedían bajar la guardia. Cuando cumplió cuarenta y un años comenzó a temer que su joven y hermosa sobrina se convirtiera en la favorita del emperador, de modo que la envenenó. En el ario 675 envenenó también a su propio hijo y heredero.
Poco después, su segundo hijo —que era ilegítimo pero había pasado a ser el heredero— fue enviado al exilio, acusado de falsos cargos. Y cuando murió el emperador, en el ario 683, la emperatriz hizo declarar a su tercer hijo inepto para conducir el gobierno. Todo esto condujo a que fuese su hijo menor, por completo incapaz, quien al fm heredara el trono, mientras ella continuaba gobernando.
Durante los cinco años siguientes se produjeron innumerables golpes palaciegos; todos fracasaron y todos los conspiradores fueron ejecutados. En el año 688 no quedaba en el reino nadie capaz de desafiar el poder de Wu, que se autoproclamó descendiente divina de Buda. En el año 690 sus deseos se vieron cumplidos: fue nombrada Sagrado y Divino "Emperador" de China.
Wu ascendió al trono imperial porque en la dinastía T'ang -que hasta entonces había reinado en China— no quedaba nadie vivo. De esta manera ella fue la regente indiscutida durante más de una década de relativa paz. En el año 705, a la edad de ochenta años, la obligaron a abdicar.
LEY N°35, DOMINE EL ARTE DE LA OPORTUNIDAD. pág 361
Criterio:
Nunca demuestre tener prisa, ya que el apuro delata una falta de control sobre el tiempo y sobre su propio accionar. Muéstrese siempre paciente, como si supiera que, con el tiempo, todos sus deseos se cumplirán. Conviértase en especialista en el arte de detectar el momento propicio para cada cosa.
Descubra el espíritu de los tiempos actuales y las tendencias que lo llevarán al poder. Aprenda a mantenerse a la expectativa cuando el momento propicio no haya llegado, y a golpear con fuerza cuando la oportunidad le sea propicia.
Observancia de la Ley:
Tras comenzar su vida como un anodino seminarista y maestro francés, Joseph Fouché pasó la década de 1780 yendo de una ciudad a otra, enseñando matemática a los jóvenes alumnos de colegios religiosos. Sin embargo, nunca se comprometió por completo con la Iglesia, nunca hizo sus votos de sacerdote: tenía otros planes. Mientras esperaba con paciencia a que llegara su oportunidad, mantuvo abiertas todas sus opciones. Y cuando estalló la Revolución Francesa, en 1789, Fouché no esperó más. Se deshizo de la sotana, se dejó crecer el cabello y se convirtió en revolucionario. Porque ése era el espíritu de la época. Perder el tren en aquel momento crítico podría haber resultado desastroso.
Fouché no perdió el tren: trabó amistad con el líder revolucionario Robespierre y ascendió con rapidez en las filas de los rebeldes. En 1792 la ciudad de Nantes lo eligió como representante ante la Convención Nacional (creada aquel año para esbozar a una nueva Constitución para la República Francesa). Cuando Fouché llegó a París para ocupar su banca en la Convención, se había producido una división violenta entre los moderados y los radicales jacobinos. Fouché presintió que, a la larga, ninguno de los dos bandos saldría victorioso. El poder raras veces termina en las manos de quienes inician una revolución, ni siquiera de quienes la fomentan; es de quienes la concluyen. Éste era el bando al que Fouché deseaba adherir.
Su sentido de la oportunidad era sorprendente. Comenzó como moderado, pues los moderados eran mayoría. Sin embargo, cuando llegó el momento de decidir si ejecutar o no a Luis xvi, vio que el pueblo clamaba por la cabeza del rey, de modo que emitió su voto decisivo... a favor de la guillotina. Con eso se transformó en radical. Pero, a medida que las tensiones llegaban al punto de ebullición en París, previó el peligro de estar demasiado asociado con cualquiera de las facciones, de modo que aceptó un cargo en la provincia, donde por un tiempo podría pasar inadvertido. Unos meses más tarde lo designaron procónsul en Lyon, donde supervisó la ejecución de una docena de aristócratas. Sin embargo, en un momento dado, detuvo las ejecuciones, pues consideraba que el clima del país estaba cambiando; a pesar de que sus manos ya estaban manchadas de sangre, los ciudadanos de Lyon lo vitorearon por salvarlos de sufrir nuevas muertes.
Hasta ese momento Fouché había jugado sus cartas con brillantez, pero en 1794 su viejo amigo Robespierre lo citó a París para que rindiera cuenta de su actuación en Lyon. Robespierre había sido la fuerza motriz del Terror. Había hecho rodar cabezas tanto de la derecha como de la izquierda, y parecía que Fouché, en quien ya no confiaba, seríá quien suministrara la siguiente cabeza para la guillotina. Durante las semanas que siguieron se produjo una tensa lucha: mientras Robespierre despotricaba abiertamente contra Fouché, acusándolo de ambiciones peligrosas y pidiendo que lo arrestaran, el astuto Fouché trabajaba en forma mucho más indirecta y silenciosa, y obtenía, poco a poco, apoyo entre quienes ya no toleraban el dictatorial control ejercido por Robespierre.
Fouché trataba de ganar tiempo; sabía que, cuanto más tiempo sobreviviera, a más ciudadanos podría movilizar contra Robespierre. Antes de hacer un movimiento contra el poderoso líder, era imprescindible que contara con un amplio apoyo. Buscó respaldo tanto entre los
moderados como entre los jacobinos, manejando con habilidad el temor a Robespierre: todo el mundo temía ser la siguiente víctima de la guillotina. Todo esto dio sus frutos el 27 de julio. La Convención se volvió contra Robespierre y acalló a gritos su prolongado discurso. Lo arrestaron de inmediato, y algunos días más tarde fue la cabeza de Robespierre, y no la de Fouché, la que cayó en la infame cesta.
Cuando Fouché regresó a la Convención, tras la muerte de Robespierre, dio un paso inesperado: después de haber dirigido la conspiración contra Robespierre, una vez más cambió de bando y se unió a los radicales jacobinos. Aquella era quizá la primera vez en su vida que se alineaba con la minoría. Sin duda, intuía que se preparaba una reacción: sabía que el sector moderado, que había ejecutado a Robespierre y estaba a punto de asumir el poder, iniciaría a su vez una nueva ola de Terror, esta vez dirigida contra los radicales. Al tomar partido por los jacobinos, Fouché se ubicó entre los mártires del futuro: el pueblo que sería considerado inocente de los problemas que aparecerían en su camino.
Por supuesto, tomar partido por los que serían los perdedores constituía una jugada riesgosa, pero Fouché debió de haber calculado que, si lograba conservar la cabeza durante el tiempo suficiente, podría, en forma subrepticia, incitar al pueblo para derrocar los moderados. Y, en efecto, a pesar de que los moderados pidieron su arresto en diciembre de 1795 y lo hubiesen enviado a la guillotina, ya había transcurrido demasiado tiempo. Las ejecuciones habían perdido popularidad, y Fouché logró sobrevivir una vez más.
Un nuevo gobierno, el Directorio, asumió el poder. No se trataba, sin embargo, de un movimiento jacobino sino de un sector moderado, más moderado que el gobierno que había reinstalado el Terror. Fouché, el radical, había conservado la cabeza pero ahora tenía que desaparecer de la escena política. Esperó con paciencia entre bambalinas durante varios años, hasta que el tiempo suavizara los amargos sentimientos contra él, y luego abordó a los miembros del Directorio y los convenció de su nueva pasión: reunir información.
Se convirtió en espía del gobierno, realizó una excelente tarea y en 1799 recibió su premio al ser nombrado ministro de Policía. Ahora no sólo le permitían, sino que le exigían, que extendiera su red de espionaje hasta el último rincón de Francia, una responsabilidad que reforzaría su natural habilidad para husmear y determinar de dónde soplaba el viento. Uno de los primeros cambios que detectó fue el que causó Napoleón Bonaparte, un general joven, impetuoso y temerario, cuyo destino, según intuía Fouché, estaría estrechamente ligado al futuro de Francia.
Cuando Napoleón dio un golpe de Estado, el 9 de noviembre de 1799, Fouché simuló estar dormido. En efecto, durmió durante todo aquel día. Como agradecimiento por esa ayuda indirecta era de suponer que su trabajo consistía en detectar y evitar un golpe militar Napoleón lo mantuvo en el cargo de ministro de Policía en su nuevo régimen. Durante los años siguientes, Napoleón fue confiando más y
más en Fouché. Le otorgó un título de nobleza —duque de Otranto— y lo premió con riquezas. Sin embargo, en 1808, Fouché, siempre en sintonía con los tiempos, percibió que Napoleón estaba en decadencia. Su inútil G........ con España, un país que no constituía amenaza alguna para Francia, era señal de que Napoleón iba perdiendo el lentido de la proporción.
Como no pensaba hundirse junto con el barco, Fouché se unió a Talleyrand en la conspiración para precipitar la caída de Napoleón.
Aunque fracasó —Talleyrand fue despedido; Fouché permaneció en su cargo, pero estrictamente controlado, la conspiración fue señal de un creciente descontento con el emperador, que parecía estar perdiendo el control. En 1814, el poder de Napoleón séhabía desmoronado; las fuerzas aliadas lo derrotaron.
El gobierno siguiente fue la restauración de la monarquía; el rey Luis XVIII, hermano de Luis xvi, ocupó el trono. Fouché, con el olfato siempre alerta, sabía que Luis no duraría mucho en el poder, ya que no poseía el carisma de Napoleón. Una vez más, se dedicó a esperar, fuera de la escena. En efecto, en febrero de 1815 Napoleón escapó de la isla de Elba. Luis xviii entró en pánico: sus políticas lo habían distanciado de la ciudadanía, que ahora clamaba por el regreso de Napoleón. De modo que Luis se volvió hacia el único hombre que quizá pudiera salvarlo: Fouché, el exradical que había enviado a su hermano, Luis xvI, a la guillotina pero que ahora era uno de los políticos más populares y admirados de Francia.
Fouché, sin embargo, no quería aliarse con un perdedor, de modo que denegó al monarca la ayuda solicitada, alegando que era innecesaria, y juró que Napoleón jamás regresaría al poder (a pesar de que sabía muy bien que sucedería exactamente lo contrario). Poco tiempo después, por supuesto, Napoleón y su nueva ejército popular marcharon sobre París.
Al ver que su reinado estaba a punto de desmoronarse, que Fouché lo había traicionado y que era preciso evitar que ese hombre capaz y poderoso se aliase de nuevo con Napoleón, el rey Luis xvIII ordenó que el ministro fuera arrestado y ejecutado. El 16 de marzo de 1815, las fuerzas policiales rodearon el carruaje de Fouché en una bulevar de París. ¿Sería el final? Quizá, pero no de inmediato: Fouché le dijo a la policía que era ilegal detener a un ex miembro del gobierno en la calle. Los agentes del orden aceptaron como cierto el argumento y le permitieron regresar a su casa. No obstante, ese mismo día se presentaron en su residencia a fin de arrestarlo.
Fouché accedió a acompañarlos pero ¿serían los oficiales tan gentiles como para permitir a un caballero lavarse y cambiarse de ropa antes de salir de su casa por última vez? Le concedieron el permiso, y Fouché salió de la habitación. Pasaron los minutos y Fouché no regresaba. Al fin, los policías irrumpieron en la habitación vecina... donde vieron una escalera apoyada contra la ventana abierta, que daba al jardín. Aquel día y el siguiente la policía rastrilló todo París buscando a Fouché, pero para entonces ya se oían los cañones de ejército napoleónico a la distancia.
El rey y toda su corte huyeron de la ciudad. En cuanto Napoleón entró en París, Fouché salió de su escondite. Una vez más había logrado eludir al verdugo. Napoleón recibió con gran alegría a su ex ministro de Policía y lo restituyó en su antiguo cargo. Durante los cien días que Napoleón permaneció en el poder, hasta la batalla final de Waterloo, fue Fouché quien, básicamente, gobernó Francia. Después de la caída de Napoleón, Luis xvm regresó al trono y, como un gato con siete vidas, Fouché permaneció en el poder para servir bajo otro gobierno más. Para entonces su poder y su influencia eran tan grandes que ni siquiera el rey se atrevía a desafiarlo.
LEY N°22, UTILICE LA TÁCTICA DE LA CAPITULACIÓN. TRANSFORME LA DEBILIDAD EN PODER. pág 217
Criterio:
Cuando usted sea el más débil, nunca luche simplemente por salvar su honor opte, en cambio, por la capitulación. Rendirse le dará tiempo para recuperarse, tiempo para atormentar e irritar al vencedor, tiempo para esperar a que el poder de éste se diluya. No le dé la satisfacción de luchar y ser vencido por él. Capitule antes de ser derrotado. Al volver la otra mejilla, enfurecerá y desconcertará a su contrincante. Convierta la capitulación en un instrumento de poder.
Observancia de la Ley:
En el año 473 a.C., en la antigua China, el rey Goujian de Yue sufrió una terrible derrota a manos del regente de Wu, en la batalla de Fujiao. Goujian quería huir, pero su asesor le aconsejó rendirse y ponerse al servicio del regente de Wu, ya que desde esa posición podría estudiar de cerca al hombre y planear la venganza. Decidido a seguir este consejo, Goujian cedió todos sus bienes al regente de Wu y fue a trabajar a los establos de su conquistador, como el más humilde de los siervos. Durante tres años se humilló ante el vencedor, que, al cabo de ese tiempo y convencido de su lealtad, le permitió retornar a su casa. Por dentro, sin embargo, Goujian había dedicado aquellos tres años a reunir información y planear su venganza. Cuando una terrible sequía golpeó el reino de su vencedor, cuyo país, además, se encontraba debilitado por revueltas internas, Goujian reunió un ejército, invadió Wu y triunfó con facilidad. Éste es el poder secreto de la rendición: le da tiempo y flexibilidad para planear un contragolpe devastador. Si Goujian hubiese huido, habría perdido su mejor oportunidad.
LEY N°42, MUERTO EL PERRO, SE ACABÓ LA RABIA. pág 439
Criterio:
Los problemas suelen tener su origen en un solo individuo fuerte: el instigador, el subalterno arrogante, el sembrador de inquinas y resentimientos. Si usted deja espacio para el accionar de este tipo de individuo, otros sucumbirán a la influencia del personaje. No espere a que los problemas que él causa se multipliquen, y no trate de negociar con él, pues es irrecuperable. Neutralice esa influencia, aislándolo o eliminándolo. Recuerde que, muerto el perro, se acabó la rabia.
Observancia de la Ley:
En 1296 los cardenales de la Iglesia Católica se reunieron en Roma para elegir un nuevo Papa. Eligieron al cardenal Gaetani, porque era incomparablemente sagaz y sabría convertir al Vaticano en un gran poder. Tras tomar el nombre de Bonifacio VIII, Gaetani pronto demostró que era merecedor del alto concepto que de él tenían los cardenales: planificaba con cuidado cada movimiento y no se detenía ante nada para lograr sus objetivos. Una vez en el poder, Bonifacio aplastó a sus rivales y unificó los Estados Papales. Las potencias europeas comenzaron a temerle y enviaron delegados a negociar con él.
El rey alemán Albrecht de Austria hasta llegó a cederle algunos territorios. Todo marchaba de acuerdo con los planes del Papa. Sin embargo, había una pieza fuera de lugar: la Toscana, la región más rica de Italia. Si Bonifacio lograba conquistar Florencia, la ciudad más poderosa de Toscana, toda la región terminaría siendo suya. Pero Florencia era una república orgullosa, muy difícil de derrotar. El Papa debía jugar sus cartas con suma habilidad.
En aquel tiempo Florencia se hallaba dividida en dos bandos los Negros y los Blancos. Los Blancos reunían a las familias de comerciantes que habían accedido recientemente y en poco tiempo a gran poder y fortuna; los Negros agrupaban a las familias adineradas tradicionales. Debido a su popularidad entre la gente común, los Blancos ejercían el control de la ciudad, para indignación y resentimiento de los Negros. El enfrentamiento entre ambas facciones se tomaba cada vez más encarnizado.
Fue entonces cuando Bonifacio vio su oportunidad: planearía ayudar a los Negros a conquistar el control de la ciudad, y las lograría meterse Florencia en el bolsillo. Al estudiar la situación su atención comenzó a centrarse en un hombre: Dante Alighieri el celebrado escritor, poeta y ardiente defensor de los Blancos. A Dante siempre le había interesado la política; creía apasionadamente en la república y solía reprochar a sus conciudadanos la falta de agallas que demostraban. Además, era el orador máselocuente de la ciudad.
En 1300, el año en que Bonifacio comenzó a planear la anexión de Toscana, los ciudadanos habían elegido a Dante para el máximo cargo elegible de Florencia: lo nombraron uno de los seis priores de la ciudad. Durante sus seis meses de mandato, se opuso con firmeza a los Negros y a los intentos del Papa de sembrar el desorden.
Sin embargo, para 1301 Bonifacio tenía ya un nuevo plan. Llamó a Carlos de Valois, el poderoso hermano del rey de Francia, para que lo ayudara a poner orden en la Toscana. Mientras Carlos marchaba a través del norte de Italia y Florencia hervía de ansiedad y temor, Dante demostró ser el hombre capaz de convocar a la gente, predicar con vehemencia contra la pacificación y trabajar sin descanso para armar a los ciudadanos y organizar la resistencia contra el Papa y su títere, el príncipe francés. Fuera como fuere, Bonifacio debía neutralizar a Dante.
Y así, mientras por un lado amenazaba a Florencia con Carlos de Valois, por el otro esgrimió la rama de olivo, la posibilidad de negociación, esperando que Dante mordiera el anzuelo. Y, en efecto, los florentinos decidieron enviar una delegación a Roma e intentar negociar la paz. Como era de prever, eligieron a Dante para encabezar la misión.
Algunos advirtieron al poeta que el engañoso Papa le estaba tendiendo una trampa para alejarlo de Florencia, pero aún así Dante fue a Roma, adonde llegó al mismo tiempo que el ejército francés llegaba a las puertas de Florencia. Dante creía que su elocuencia y sus razonamientos convencerían al Papa y salvarían la ciudad. Sin embargo, cuando el Papa se reunió con el poeta y los demás delegados florentinos, de inmediato los intimidó, como hacía con todo el mundo.
"iArrodillense a mis pies! —les gritó—. ¡Sométanse a mí! En toda verdad les digo que no albergo en mi corazón otro deseo que el de fomentar la paz de ustedes." Subyugados por tan poderosa presencia, los florentinos escucharon al Papa, que les prometió cuidar de sus intereses. Luego les recomendó que regresaran a su ciudad y que dejaran a uno de sus miembros en el Vaticano para continuar las conversaciones.
Bonifacio eligió al hombre que debía quedarse: Dante. Y si bien habló con la mayor de las cortesías, en esencia fue una orden.
De modo que Dante permaneció en Roma. Y mientras el Papa seguía dialogando con él, Florencia se desmoronó. Al no contar con nadie que uniera a los Blancos, y víctimas de Carlos de Valois, que utilizaba el dinero del Papa para sobornar y sembrar discordias, los Blancos de desintegraron: algunos pedían que se negociara, otros cambiaban de bando.
Ante el enemigo dividido e inseguro, los Negros los destruyeron al cabo de pocas semanas. Una vez que los Negros reafirmaron su poder, el Papa permitió al fin que Dante se marchara de Roma. Los Negros ordenaron a Dante que regresara a Florencia, para juzgarlo por traición. Cuando el poeta se negó, lo condenaron a morir en la hoguera si alguna vez volvía a poner los pies en Florencia. Y así Dante comenzó una miserable vida en el exilio, deambulando por Italia, desterrado de la ciudad a la que tanto amaba y a la que no regresó jamás, ni siquiera después de su muerte.
"Luchamos contra tres gigantes, mi querido Sancho: la injusticia, el miedo y la ignorancia" Miguel de Cervantes
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Re: El príncipe de Maquiavelo, Capitulo III: Los principados mixtos
Coloquen más me gusta leer este tipo de contenido gracias
Re: El príncipe de Maquiavelo, Capitulo III: Los principados mixtos
Para eso hay un plan B (que a todos nos gustaría, una segunda oleada de ataques donde bajen a todos los capos)Axio escribió: Jue Ene 08, 2026 10:29 pm A continuación extracto de 4 leyes del poder, del Libro Las 48 Leyes del Poder de Robert Green
Nota: el post es bastante extenso ya que se narran hechos historicos en diferentes epocas, que sucitan el éxito que tuvieron quienes entendieron las leyes que deben cumplirse para conseguir el poder político basado en las circunstancias presentes.
LEY N°15, APLASTE POR COMPLETO A SU ENEMIGO. pág 153
Criterio:
Empezando por Moisés, todos los grandes líderes de la' historia sabían que era necesario aplastar por completo al enemigo al que temían. (En algunas oportunidades aprendieron esta lección a fuerza de golpes.) Si se deja encendida una sola brasa, por muy débil que sea, siempre se corre el riesgo de que vuelva a desencadenarse un incendio. Se ha perdido más por una aniquilación a medias que por una exterminación total: el enemigo se recuperará y buscará venganza. Destrúyalo por completo, no sólo fisica sino también espiritualmente.
OBSERVANCIA DE LA LEY:Wu Chao, nacida en 625 d.C., era hija de un duque y, como poseía mucho encanto, ingresó en el harén del emperador T'ai Tsung. El harén imperial era un sitio peligroso, lleno de jóvenes concubinas que competían entre sí para convertirse en la favorita del emperador. La belleza y el carácter enérgico de Wu le permitieron alcanzar con rapidez esa posición, pero, como sabía que un emperador, al igual que cualquier otro hombre poderoso es un ser veleidoso, y que ella podría fácilmente ser reemplazada, no dejó de pensar en el futuro. Wu logró seducir al libertino hijo del emperador, Kao Tsung, en la única oportunidad que tuvo de encontrarse con él a solas: mientras satisfacía sus necesidades fisiológicas en el orinal real.
Aún así, cuando el emperador murió y Kao Tsung asumió el trono, Wu sufrió el destino que la ley y la tradición imponían a las esposas y concubinas de un emperador difunto: le afeitaron la cabeza y la recluyeron en un convento, supuestamente para el resto de su vida. Durante siete arios Wu planeó cómo fugarse de allí. Se comunicó en secreto con el nuevo emperador y trabó amistad con la emperatriz, y así consiguió que se emitiera un edicto real que le permitió retornar al palacio y al harén real.
Una vez allí, procuró con adulaciones la amistad de la emperatriz, al tiempo que se acostaba con el emperador. La emperatriz no desaprobó esta conducta; como aún no le había dado un heredero al emperador, su posición era vulnerable y Wu constituía una aliada valiosa.
En el año 654, Wu Chao dio a luz un niño. Cierto día la emperatriz fue a visitarla; en cuanto se retiró, Wu ahogó al recién nacido, su propio hijo. Cuando se descubrió el asesinato, las sospechas recayeron de inmediato sobre la emperatriz, que había estado en el lugar del hecho pocos momentos antes, y cuya naturaleza celosa era conocida por todo el imperio. Ése era, precisamente, el plan de Wu. Poco tiempo después la emperatriz fue acusada de asesinato y ejecutada.
Wu Chao fue coronada emperatriz en su lugar. Su nuevo esposo, más afecto a una vida de placeres y distracciones que a las obligaciones reales, cedió con gusto las riendas del gobierno a Wu Chao, que a partir de ese momento se convirtió en la emperatriz Wu.
A pesar de que se encontraba ya en una posición de gran poder, Wu no se sentía segura. Los enemigos que acechaban en todas partes le impedían bajar la guardia. Cuando cumplió cuarenta y un años comenzó a temer que su joven y hermosa sobrina se convirtiera en la favorita del emperador, de modo que la envenenó. En el ario 675 envenenó también a su propio hijo y heredero.
Poco después, su segundo hijo —que era ilegítimo pero había pasado a ser el heredero— fue enviado al exilio, acusado de falsos cargos. Y cuando murió el emperador, en el ario 683, la emperatriz hizo declarar a su tercer hijo inepto para conducir el gobierno. Todo esto condujo a que fuese su hijo menor, por completo incapaz, quien al fm heredara el trono, mientras ella continuaba gobernando.
Durante los cinco años siguientes se produjeron innumerables golpes palaciegos; todos fracasaron y todos los conspiradores fueron ejecutados. En el año 688 no quedaba en el reino nadie capaz de desafiar el poder de Wu, que se autoproclamó descendiente divina de Buda. En el año 690 sus deseos se vieron cumplidos: fue nombrada Sagrado y Divino "Emperador" de China.
Wu ascendió al trono imperial porque en la dinastía T'ang -que hasta entonces había reinado en China— no quedaba nadie vivo. De esta manera ella fue la regente indiscutida durante más de una década de relativa paz. En el año 705, a la edad de ochenta años, la obligaron a abdicar.
LEY N°35, DOMINE EL ARTE DE LA OPORTUNIDAD. pág 361
Criterio:
Nunca demuestre tener prisa, ya que el apuro delata una falta de control sobre el tiempo y sobre su propio accionar. Muéstrese siempre paciente, como si supiera que, con el tiempo, todos sus deseos se cumplirán. Conviértase en especialista en el arte de detectar el momento propicio para cada cosa.
Descubra el espíritu de los tiempos actuales y las tendencias que lo llevarán al poder. Aprenda a mantenerse a la expectativa cuando el momento propicio no haya llegado, y a golpear con fuerza cuando la oportunidad le sea propicia.
Observancia de la Ley:Tras comenzar su vida como un anodino seminarista y maestro francés, Joseph Fouché pasó la década de 1780 yendo de una ciudad a otra, enseñando matemática a los jóvenes alumnos de colegios religiosos. Sin embargo, nunca se comprometió por completo con la Iglesia, nunca hizo sus votos de sacerdote: tenía otros planes. Mientras esperaba con paciencia a que llegara su oportunidad, mantuvo abiertas todas sus opciones. Y cuando estalló la Revolución Francesa, en 1789, Fouché no esperó más. Se deshizo de la sotana, se dejó crecer el cabello y se convirtió en revolucionario. Porque ése era el espíritu de la época. Perder el tren en aquel momento crítico podría haber resultado desastroso.
Fouché no perdió el tren: trabó amistad con el líder revolucionario Robespierre y ascendió con rapidez en las filas de los rebeldes. En 1792 la ciudad de Nantes lo eligió como representante ante la Convención Nacional (creada aquel año para esbozar a una nueva Constitución para la República Francesa). Cuando Fouché llegó a París para ocupar su banca en la Convención, se había producido una división violenta entre los moderados y los radicales jacobinos. Fouché presintió que, a la larga, ninguno de los dos bandos saldría victorioso. El poder raras veces termina en las manos de quienes inician una revolución, ni siquiera de quienes la fomentan; es de quienes la concluyen. Éste era el bando al que Fouché deseaba adherir.
Su sentido de la oportunidad era sorprendente. Comenzó como moderado, pues los moderados eran mayoría. Sin embargo, cuando llegó el momento de decidir si ejecutar o no a Luis xvi, vio que el pueblo clamaba por la cabeza del rey, de modo que emitió su voto decisivo... a favor de la guillotina. Con eso se transformó en radical. Pero, a medida que las tensiones llegaban al punto de ebullición en París, previó el peligro de estar demasiado asociado con cualquiera de las facciones, de modo que aceptó un cargo en la provincia, donde por un tiempo podría pasar inadvertido. Unos meses más tarde lo designaron procónsul en Lyon, donde supervisó la ejecución de una docena de aristócratas. Sin embargo, en un momento dado, detuvo las ejecuciones, pues consideraba que el clima del país estaba cambiando; a pesar de que sus manos ya estaban manchadas de sangre, los ciudadanos de Lyon lo vitorearon por salvarlos de sufrir nuevas muertes.
Hasta ese momento Fouché había jugado sus cartas con brillantez, pero en 1794 su viejo amigo Robespierre lo citó a París para que rindiera cuenta de su actuación en Lyon. Robespierre había sido la fuerza motriz del Terror. Había hecho rodar cabezas tanto de la derecha como de la izquierda, y parecía que Fouché, en quien ya no confiaba, seríá quien suministrara la siguiente cabeza para la guillotina. Durante las semanas que siguieron se produjo una tensa lucha: mientras Robespierre despotricaba abiertamente contra Fouché, acusándolo de ambiciones peligrosas y pidiendo que lo arrestaran, el astuto Fouché trabajaba en forma mucho más indirecta y silenciosa, y obtenía, poco a poco, apoyo entre quienes ya no toleraban el dictatorial control ejercido por Robespierre.
Fouché trataba de ganar tiempo; sabía que, cuanto más tiempo sobreviviera, a más ciudadanos podría movilizar contra Robespierre. Antes de hacer un movimiento contra el poderoso líder, era imprescindible que contara con un amplio apoyo. Buscó respaldo tanto entre los
moderados como entre los jacobinos, manejando con habilidad el temor a Robespierre: todo el mundo temía ser la siguiente víctima de la guillotina. Todo esto dio sus frutos el 27 de julio. La Convención se volvió contra Robespierre y acalló a gritos su prolongado discurso. Lo arrestaron de inmediato, y algunos días más tarde fue la cabeza de Robespierre, y no la de Fouché, la que cayó en la infame cesta.
Cuando Fouché regresó a la Convención, tras la muerte de Robespierre, dio un paso inesperado: después de haber dirigido la conspiración contra Robespierre, una vez más cambió de bando y se unió a los radicales jacobinos. Aquella era quizá la primera vez en su vida que se alineaba con la minoría. Sin duda, intuía que se preparaba una reacción: sabía que el sector moderado, que había ejecutado a Robespierre y estaba a punto de asumir el poder, iniciaría a su vez una nueva ola de Terror, esta vez dirigida contra los radicales. Al tomar partido por los jacobinos, Fouché se ubicó entre los mártires del futuro: el pueblo que sería considerado inocente de los problemas que aparecerían en su camino.
Por supuesto, tomar partido por los que serían los perdedores constituía una jugada riesgosa, pero Fouché debió de haber calculado que, si lograba conservar la cabeza durante el tiempo suficiente, podría, en forma subrepticia, incitar al pueblo para derrocar los moderados. Y, en efecto, a pesar de que los moderados pidieron su arresto en diciembre de 1795 y lo hubiesen enviado a la guillotina, ya había transcurrido demasiado tiempo. Las ejecuciones habían perdido popularidad, y Fouché logró sobrevivir una vez más.
Un nuevo gobierno, el Directorio, asumió el poder. No se trataba, sin embargo, de un movimiento jacobino sino de un sector moderado, más moderado que el gobierno que había reinstalado el Terror. Fouché, el radical, había conservado la cabeza pero ahora tenía que desaparecer de la escena política. Esperó con paciencia entre bambalinas durante varios años, hasta que el tiempo suavizara los amargos sentimientos contra él, y luego abordó a los miembros del Directorio y los convenció de su nueva pasión: reunir información.
Se convirtió en espía del gobierno, realizó una excelente tarea y en 1799 recibió su premio al ser nombrado ministro de Policía. Ahora no sólo le permitían, sino que le exigían, que extendiera su red de espionaje hasta el último rincón de Francia, una responsabilidad que reforzaría su natural habilidad para husmear y determinar de dónde soplaba el viento. Uno de los primeros cambios que detectó fue el que causó Napoleón Bonaparte, un general joven, impetuoso y temerario, cuyo destino, según intuía Fouché, estaría estrechamente ligado al futuro de Francia.
Cuando Napoleón dio un golpe de Estado, el 9 de noviembre de 1799, Fouché simuló estar dormido. En efecto, durmió durante todo aquel día. Como agradecimiento por esa ayuda indirecta era de suponer que su trabajo consistía en detectar y evitar un golpe militar Napoleón lo mantuvo en el cargo de ministro de Policía en su nuevo régimen. Durante los años siguientes, Napoleón fue confiando más y
más en Fouché. Le otorgó un título de nobleza —duque de Otranto— y lo premió con riquezas. Sin embargo, en 1808, Fouché, siempre en sintonía con los tiempos, percibió que Napoleón estaba en decadencia. Su inútil G........ con España, un país que no constituía amenaza alguna para Francia, era señal de que Napoleón iba perdiendo el lentido de la proporción.
Como no pensaba hundirse junto con el barco, Fouché se unió a Talleyrand en la conspiración para precipitar la caída de Napoleón.
Aunque fracasó —Talleyrand fue despedido; Fouché permaneció en su cargo, pero estrictamente controlado, la conspiración fue señal de un creciente descontento con el emperador, que parecía estar perdiendo el control. En 1814, el poder de Napoleón séhabía desmoronado; las fuerzas aliadas lo derrotaron.
El gobierno siguiente fue la restauración de la monarquía; el rey Luis XVIII, hermano de Luis xvi, ocupó el trono. Fouché, con el olfato siempre alerta, sabía que Luis no duraría mucho en el poder, ya que no poseía el carisma de Napoleón. Una vez más, se dedicó a esperar, fuera de la escena. En efecto, en febrero de 1815 Napoleón escapó de la isla de Elba. Luis xviii entró en pánico: sus políticas lo habían distanciado de la ciudadanía, que ahora clamaba por el regreso de Napoleón. De modo que Luis se volvió hacia el único hombre que quizá pudiera salvarlo: Fouché, el exradical que había enviado a su hermano, Luis xvI, a la guillotina pero que ahora era uno de los políticos más populares y admirados de Francia.
Fouché, sin embargo, no quería aliarse con un perdedor, de modo que denegó al monarca la ayuda solicitada, alegando que era innecesaria, y juró que Napoleón jamás regresaría al poder (a pesar de que sabía muy bien que sucedería exactamente lo contrario). Poco tiempo después, por supuesto, Napoleón y su nueva ejército popular marcharon sobre París.
Al ver que su reinado estaba a punto de desmoronarse, que Fouché lo había traicionado y que era preciso evitar que ese hombre capaz y poderoso se aliase de nuevo con Napoleón, el rey Luis xvIII ordenó que el ministro fuera arrestado y ejecutado. El 16 de marzo de 1815, las fuerzas policiales rodearon el carruaje de Fouché en una bulevar de París. ¿Sería el final? Quizá, pero no de inmediato: Fouché le dijo a la policía que era ilegal detener a un ex miembro del gobierno en la calle. Los agentes del orden aceptaron como cierto el argumento y le permitieron regresar a su casa. No obstante, ese mismo día se presentaron en su residencia a fin de arrestarlo.
Fouché accedió a acompañarlos pero ¿serían los oficiales tan gentiles como para permitir a un caballero lavarse y cambiarse de ropa antes de salir de su casa por última vez? Le concedieron el permiso, y Fouché salió de la habitación. Pasaron los minutos y Fouché no regresaba. Al fin, los policías irrumpieron en la habitación vecina... donde vieron una escalera apoyada contra la ventana abierta, que daba al jardín. Aquel día y el siguiente la policía rastrilló todo París buscando a Fouché, pero para entonces ya se oían los cañones de ejército napoleónico a la distancia.
El rey y toda su corte huyeron de la ciudad. En cuanto Napoleón entró en París, Fouché salió de su escondite. Una vez más había logrado eludir al verdugo. Napoleón recibió con gran alegría a su ex ministro de Policía y lo restituyó en su antiguo cargo. Durante los cien días que Napoleón permaneció en el poder, hasta la batalla final de Waterloo, fue Fouché quien, básicamente, gobernó Francia. Después de la caída de Napoleón, Luis xvm regresó al trono y, como un gato con siete vidas, Fouché permaneció en el poder para servir bajo otro gobierno más. Para entonces su poder y su influencia eran tan grandes que ni siquiera el rey se atrevía a desafiarlo.
LEY N°22, UTILICE LA TÁCTICA DE LA CAPITULACIÓN. TRANSFORME LA DEBILIDAD EN PODER. pág 217
Criterio:
Cuando usted sea el más débil, nunca luche simplemente por salvar su honor opte, en cambio, por la capitulación. Rendirse le dará tiempo para recuperarse, tiempo para atormentar e irritar al vencedor, tiempo para esperar a que el poder de éste se diluya. No le dé la satisfacción de luchar y ser vencido por él. Capitule antes de ser derrotado. Al volver la otra mejilla, enfurecerá y desconcertará a su contrincante. Convierta la capitulación en un instrumento de poder.
Observancia de la Ley:En el año 473 a.C., en la antigua China, el rey Goujian de Yue sufrió una terrible derrota a manos del regente de Wu, en la batalla de Fujiao. Goujian quería huir, pero su asesor le aconsejó rendirse y ponerse al servicio del regente de Wu, ya que desde esa posición podría estudiar de cerca al hombre y planear la venganza. Decidido a seguir este consejo, Goujian cedió todos sus bienes al regente de Wu y fue a trabajar a los establos de su conquistador, como el más humilde de los siervos. Durante tres años se humilló ante el vencedor, que, al cabo de ese tiempo y convencido de su lealtad, le permitió retornar a su casa. Por dentro, sin embargo, Goujian había dedicado aquellos tres años a reunir información y planear su venganza. Cuando una terrible sequía golpeó el reino de su vencedor, cuyo país, además, se encontraba debilitado por revueltas internas, Goujian reunió un ejército, invadió Wu y triunfó con facilidad. Éste es el poder secreto de la rendición: le da tiempo y flexibilidad para planear un contragolpe devastador. Si Goujian hubiese huido, habría perdido su mejor oportunidad.
LEY N°42, MUERTO EL PERRO, SE ACABÓ LA RABIA. pág 439
Criterio:
Los problemas suelen tener su origen en un solo individuo fuerte: el instigador, el subalterno arrogante, el sembrador de inquinas y resentimientos. Si usted deja espacio para el accionar de este tipo de individuo, otros sucumbirán a la influencia del personaje. No espere a que los problemas que él causa se multipliquen, y no trate de negociar con él, pues es irrecuperable. Neutralice esa influencia, aislándolo o eliminándolo. Recuerde que, muerto el perro, se acabó la rabia.
Observancia de la Ley:En 1296 los cardenales de la Iglesia Católica se reunieron en Roma para elegir un nuevo Papa. Eligieron al cardenal Gaetani, porque era incomparablemente sagaz y sabría convertir al Vaticano en un gran poder. Tras tomar el nombre de Bonifacio VIII, Gaetani pronto demostró que era merecedor del alto concepto que de él tenían los cardenales: planificaba con cuidado cada movimiento y no se detenía ante nada para lograr sus objetivos. Una vez en el poder, Bonifacio aplastó a sus rivales y unificó los Estados Papales. Las potencias europeas comenzaron a temerle y enviaron delegados a negociar con él.
El rey alemán Albrecht de Austria hasta llegó a cederle algunos territorios. Todo marchaba de acuerdo con los planes del Papa. Sin embargo, había una pieza fuera de lugar: la Toscana, la región más rica de Italia. Si Bonifacio lograba conquistar Florencia, la ciudad más poderosa de Toscana, toda la región terminaría siendo suya. Pero Florencia era una república orgullosa, muy difícil de derrotar. El Papa debía jugar sus cartas con suma habilidad.
En aquel tiempo Florencia se hallaba dividida en dos bandos los Negros y los Blancos. Los Blancos reunían a las familias de comerciantes que habían accedido recientemente y en poco tiempo a gran poder y fortuna; los Negros agrupaban a las familias adineradas tradicionales. Debido a su popularidad entre la gente común, los Blancos ejercían el control de la ciudad, para indignación y resentimiento de los Negros. El enfrentamiento entre ambas facciones se tomaba cada vez más encarnizado.
Fue entonces cuando Bonifacio vio su oportunidad: planearía ayudar a los Negros a conquistar el control de la ciudad, y las lograría meterse Florencia en el bolsillo. Al estudiar la situación su atención comenzó a centrarse en un hombre: Dante Alighieri el celebrado escritor, poeta y ardiente defensor de los Blancos. A Dante siempre le había interesado la política; creía apasionadamente en la república y solía reprochar a sus conciudadanos la falta de agallas que demostraban. Además, era el orador máselocuente de la ciudad.
En 1300, el año en que Bonifacio comenzó a planear la anexión de Toscana, los ciudadanos habían elegido a Dante para el máximo cargo elegible de Florencia: lo nombraron uno de los seis priores de la ciudad. Durante sus seis meses de mandato, se opuso con firmeza a los Negros y a los intentos del Papa de sembrar el desorden.
Sin embargo, para 1301 Bonifacio tenía ya un nuevo plan. Llamó a Carlos de Valois, el poderoso hermano del rey de Francia, para que lo ayudara a poner orden en la Toscana. Mientras Carlos marchaba a través del norte de Italia y Florencia hervía de ansiedad y temor, Dante demostró ser el hombre capaz de convocar a la gente, predicar con vehemencia contra la pacificación y trabajar sin descanso para armar a los ciudadanos y organizar la resistencia contra el Papa y su títere, el príncipe francés. Fuera como fuere, Bonifacio debía neutralizar a Dante.
Y así, mientras por un lado amenazaba a Florencia con Carlos de Valois, por el otro esgrimió la rama de olivo, la posibilidad de negociación, esperando que Dante mordiera el anzuelo. Y, en efecto, los florentinos decidieron enviar una delegación a Roma e intentar negociar la paz. Como era de prever, eligieron a Dante para encabezar la misión.
Algunos advirtieron al poeta que el engañoso Papa le estaba tendiendo una trampa para alejarlo de Florencia, pero aún así Dante fue a Roma, adonde llegó al mismo tiempo que el ejército francés llegaba a las puertas de Florencia. Dante creía que su elocuencia y sus razonamientos convencerían al Papa y salvarían la ciudad. Sin embargo, cuando el Papa se reunió con el poeta y los demás delegados florentinos, de inmediato los intimidó, como hacía con todo el mundo.
"iArrodillense a mis pies! —les gritó—. ¡Sométanse a mí! En toda verdad les digo que no albergo en mi corazón otro deseo que el de fomentar la paz de ustedes." Subyugados por tan poderosa presencia, los florentinos escucharon al Papa, que les prometió cuidar de sus intereses. Luego les recomendó que regresaran a su ciudad y que dejaran a uno de sus miembros en el Vaticano para continuar las conversaciones.
Bonifacio eligió al hombre que debía quedarse: Dante. Y si bien habló con la mayor de las cortesías, en esencia fue una orden.
De modo que Dante permaneció en Roma. Y mientras el Papa seguía dialogando con él, Florencia se desmoronó. Al no contar con nadie que uniera a los Blancos, y víctimas de Carlos de Valois, que utilizaba el dinero del Papa para sobornar y sembrar discordias, los Blancos de desintegraron: algunos pedían que se negociara, otros cambiaban de bando.
Ante el enemigo dividido e inseguro, los Negros los destruyeron al cabo de pocas semanas. Una vez que los Negros reafirmaron su poder, el Papa permitió al fin que Dante se marchara de Roma. Los Negros ordenaron a Dante que regresara a Florencia, para juzgarlo por traición. Cuando el poeta se negó, lo condenaron a morir en la hoguera si alguna vez volvía a poner los pies en Florencia. Y así Dante comenzó una miserable vida en el exilio, deambulando por Italia, desterrado de la ciudad a la que tanto amaba y a la que no regresó jamás, ni siquiera después de su muerte.
Por ahora sigue el plan A que es más conveniente políticamente (dentro de USA) a Trump en el corto plazo, es decir lograr que el chavismo haga lo que este quiera sin necesidad de recurrir al uso de la fuerza.
Mira los que en el mundo han salido a manifestarse a favor de maduro y hablan de agresión a Venezuela, osea la maldita izquierda progre de occidente de siempre, no son muy diferentes a la seudo oposición que por estos largos 26 años ha servido de salvavidas al régimen criminal.
Hay que saber jugar el juego no con las mismas estrategias de siempre, y un régimen sometido al poder de USA haciendo lo que este le pide es la mejor oportunidad para lograr algo de concreto y tangible para beneficio de la libertad de Venezuela.
Cuando Machiavelli habla de los principados (como se obtienen y como se pierden) no debe haber un rompimiento absoluto entre el principado antiguo y el nuevo, sino que se deben conservar elementos del anterior en el nuevo estado para permitir establecer una transición natural y sin conflictos de lo contrario el riesgo de volver al sistema precedente es mayor y para eso el autor lo ejemplifica mencionando todos estos casos históricos.
Los mierdogres son el cáncer de la civilización y los bidenvenecos su fase terminal.
- Axio
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Re: El príncipe de Maquiavelo, Capitulo III: Los principados mixtos
si, de acuerdo, y es por ello que consideré traer esas 4 leyes, porque en cierta forma, la estrategia actual, presume que debe existir una mezcla de estas 4 leyes, siendo importante la ley de dominar el arte de la oportunidad.Senderos escribió: Vie Ene 09, 2026 1:19 pm ...
Cuando Machiavelli habla de los principados (como se obtienen y como se pierden) no debe haber un rompimiento absoluto entre el principado antiguo y el nuevo, sino que se deben conservar elementos del anterior en el nuevo estado para permitir establecer una transición natural y sin conflictos de lo contrario el riesgo de volver al sistema precedente es mayor y para eso el autor lo ejemplifica mencionando todos estos casos históricos.
es como un tira y encoje, en donde debe saberse hasta donde temblar pero sin que se rompa, replegando en ciertas situaciones.
"Luchamos contra tres gigantes, mi querido Sancho: la injusticia, el miedo y la ignorancia" Miguel de Cervantes

