
Durante años contemplamos con devoción la iconografía en la que Donald aparecía como el sanador providencial de Estados Unidos. Hoy corresponde extrapolar esa revelación divina hasta su consecuencia natural: Venezuela. Después de casi tres décadas entrando y saliendo de terapia intensiva, resulta evidente que la criolla no necesita otro revolucionario, opositor, constituyente o brujo. Necesitamos medicina celestial y milagros de alto calibre. La revelación gráfica lo deja cristalino: el Doctor Trump ha comenzado su intervención quirúrgica en el quirófano de la patria.
Venezuela, encarnada en la imagen por una convaleciente María Corina, requiere sanación urgente. Como ella, aún persisten en la nación algunos incrédulos de poca fe que dudan del trabajo trascendental del Titán de Mar-a-Lago. Esa desconfianza es la verdadera patología: un virus pernicioso de escepticismo criollo que sirve de sustrato etiológico para todos los males del Caribe. Ella, arquetipo de la venezolana que se resiste al especialista dorado, debe ser purgada, liberada y casi exorcizada de la amargura del negativismo para recibir sanación.
¿José Gregorio Hernández? Por favor. A todas Cheo hubiese sido bidenzolano de la vieja escuela; tanta bata blanca delata de lejos que era adeco. Allá en el empíreo debe andar muerto de la envidia viendo cómo el Titán logra en breve tiempo lo que a él le tomó un siglo. Mientras que el tuvo que esperar cien años de trámites burocráticos en el Vaticano y la ayuda de un Papa woke para subir a los altares, el Titán escaló al cielo por cuenta propia, sin pedirle permiso a nadie.
Ahora el Titán impone su gracia luminosa sobre la paciente al tiempo que los balancines petroleros operan a toda marcha, en las alturas vuela una trinidad de querubines alados realmente celestial: la ternura de Delcy, la sabiduría de Jorgito y la pureza angelical de Diosdado flotando entre las nubes. Una composición ecuménica perfecta. Venezuela esta en las manos de un verdadero médico celestial.

