
Durante veinticinco años nos vendieron la versión simplificada del 11 de septiembre: bomberos, policías y rescatistas fajados entre el chatarreo y los escombros. Pero nos faltaba el capítulo premium, la edición del director que solo podía revelar su verdadero protagonista: Donald J. Trump, comandante en jefe de una fuerza de construcción cuyo tamaño cambia según el universo paralelo donde te pares a escuchar el cuento.
En 2001, el Titán de la Quinta Avenida decía tener más de cien obreros echando leña en la Zona Cero. Con los años, la cifra se multiplicó como los panes y los peces hasta rozar los doscientos. Tiempo después nos enteramos de la revelación estelar: ¡el mismísimo Donald estuvo ahí! Al principio soltó que había “ayudado un poco”, pero con el pasar de las campañas electorales, esa ayudita fue agarrando músculo, proteína y queratina. Los envidiosos dicen que son embustes y contradicciones. ¡Qué falta de ignorancia! Chamo, esto es física cuántica pura: cien trabajadores en una dimensión, doscientos en otra, y Donald removiendo escombros a mano limpia en un tercero.
Mandar a unos carajos a trabajar no era suficiente para un vergatajo de este calibre. El Genio Estable tuvo que apersonarse, ponerse las botas de casquillo de oro y meterle el pecho a Manhattan. Superman tenía visión de rayos X; Batman tenía el Batimóvil; Donald tenía experiencia inmobiliaria, fijador de pelo a prueba de huracanes y un conocimiento místico del concreto. La Zona Cero estaba, por fin, en manos de un profesional.
Pero de repente apareció la criptonita. Un edificio empezó a crujir y crujir, y en ese instante de terror, en algún rincón olvidado de su anatomía, resucitaron aquellos legendarios espolones óseos que le impidieron ir a guerrear a Vietnam. El planeta estuvo a dos milímetros de perder al héroe que nadie había pedido pero que el ego estadounidense necesitaba.
Ahí es donde ocurre el crossover entre DC, Marvel y un cruzao de novela de Delia Fiallo y Cesar Marmol León. Según el propio Donald, aparecieron dos bomberos mamarrúos, lo agarraron por los sobacos como si fuera una saco de yuka, lo levantaron en el aire dejando el pelero de la zona de peligro. Hazaña titánica, vale: mover semejante concentración de masa presidencial, spray bronceador y autoestima debió requerir una fuerza capaz de vencer la atracción gravitacional de un agujero negro. Trump jura que les gritaba que él podía correr solo, pero aquellos coños del “fire department” sabían que llevaban a cuestas un activo de la nación: el eslabón perdido... o mejor dicho, el espolón perdido.
Entiendo que la prensa fake news encuentre discrepancias en el relato. Eso pasa porque esa gente sigue pegada en la física newtoniana. Trump opera en la escala de Planck. El tipo puede comandar cien obreros en un universo, duplicarlos en otro, meterle mano a los escombros en un tercero y salir volando halado de los sobacos en todos simultáneamente. Cada vez que agarra un micrófono, simplemente colapsa la función de onda compactando lo sucedido en todos los universos en una sola narrativa.
Así que agarren mínimo y tengan paciencia. Dentro de cinco años nos enteraremos de la versión 4.0: aquellos bomberos ni siquiera lo estaban evacuando. Posiblemente estaban tratando de despegarlo del sitio mientras Donald sostenía la estructura con los dos brazos, como Sansón a las columnas que aplastaron a los filisteos. La única diferencia es que Sansón no salió bien de su episodio mientras que Donald no solo sobrevivió sino que lo hizo sin despeinarse.

