Bienvenidos a The Art of the Trumpian Deal.
El procedimiento es sencillo. Primero negocias un tratado, consigues concesiones, lo firmas y anuncias que es el mejor acuerdo desde que el Homo sapiens descubrió el trueque. Años después descubres que el genio que lo negoció —tú— hizo un acuerdo intolerable, impones aranceles y obligas al otro país a negociar nuevamente. Canadá, incomprensiblemente, aceptó hacerlo y las conversaciones avanzaron hasta el punto de que Trump anunció que había un “DEAL”. Todo listo. ¿Qué podía salir mal?
Un negociador convencional habría cerrado el trato. Pero eso sería desperdiciar una oportunidad para practicar verdadero arte. En las últimas horas aparecieron algunas condicioncitas adicionales: Washington quería introducir restricciones a la capacidad de Canadá para hacer acuerdos comerciales con terceros países. Carney, goloso como él solo, alegó que decidir con quién comercia Canadá era una cuestión de “soberanía”. ¡¡¡Soberano tonto!!! Qué exageración. Estados Unidos no estaba pidiendo cambiar la bandera canadiense; solamente quería tener la gentileza de ayudar a Canadá a decidir con quién puede y con quién no puede hacer negocios.
También estaba el pequeño asunto de los minerales críticos. Washington exigía acceso privilegiado, incluyendo un right of first refusal, mientras Canadá insistía en que no concedería acceso exclusivo a sus recursos. Otra incomprensible manifestación de egoísmo: tener minerales estratégicos y además pretender decidir a quién vendérselos. ¿Acaso Carney todavía no se ha enterado de que Canadá es el estado 51? Donald lo dijo antes; algún día tendrán que mirar el mapa actualizado.
En el sector automotor, las nuevas condiciones también habrían perjudicado la fabricación canadiense de determinados vehículos y hecho progresivamente menos rentable producirlos allí. Pero tampoco veo el drama: si fabricar carros en Canadá deja de ser rentable, dejas de fabricarlos y problema resuelto. Nada más crucen la frontera y cómprenlos aquí. De paso dejan unos dolaritos y ayudan a pagar los aranceles. Win-win.
Y entonces Carney realmente perdió la compostura. Washington comenzó a plantear cuestiones relacionadas con las protecciones de la cultura canadiense y del idioma francés. Aquí Canadá definitivamente cruzó la línea. Primero quieren decidir con quién comercian. Después quieren decidir a quién venden sus minerales. Luego quieren conservar sus fábricas. ¡Y ahora resulta que también quieren hablar el idioma que les dé la gana!
¿Pero qué viene después? ¿Que Quebec pretenda decidir cómo se pronuncia poutine? ¿Que cualquiera pueda decir bonjour sin autorización previa del Departamento de Comercio? ¿Que Céline Dion se ponga a cantar en francés sin pedirle permiso primero a Mar-a-Lago? Hoy les permites decir merci, mañana quieren himno, bandera y política exterior propia. Hay que poner algún límite. Una cosa es la soberanía nacional y otra este libertinaje separatista del estado 51.
Carney, en vez de agradecer tanta generosidad, retiró a sus negociadores. Su argumento fue que las exigencias habían dejado de ser simplemente comerciales y comenzaban a meterse con la soberanía canadiense. Peor aún, planteó la insolente pregunta de qué valor tiene alcanzar otro acuerdo con Washington si el anterior, negociado y firmado por el mismo hombre que ahora lo desconoce, había sido presentado como el mejor acuerdo de la historia. ¡Carajo, Carney! ¿No entiendes que eso fue en 2020? Ya eso es prehistoria.
Pues nada, ahora que se aguanten los aranceles por arribistas, engreídos y malagradecidos. Lo que los canadienses no terminan de comprender es la profundidad del pensamiento pentadimensional del Líder: cuando Trump decía que el USMCA era “the greatest trade deal ever made”, se refería al mejor acuerdo comercial de la historia del universo paralelo en el que DJT se encontraba en ese preciso instante. Pretender que una declaración de Donald Trump de 2020 siga siendo válida en 2026 es desconocer por completo el Art of the Trumpian Deal.
El mejor acuerdo de la historia no se rompe. Evoluciona hasta convertirse en el peor acuerdo de la historia y entonces se culpa al otro por haberlo firmado.





